
En 2010 conocí Hiroshima. Hice todo lo que se supone debe hacerse en la ciudad sobre la cual, hace 80 años, Estados Unidos arrojó una bomba atómica.
Visité la Cúpula de la Bomba Atómica —las ruinas del antiguo Pabellón de Promoción Industrial—, cuya estructura resistió milagrosamente en pleno epicentro del estallido nuclear. Me detuve ante el Cenotafio de las Víctimas, que guarda los nombres de quienes murieron por aquella decisión brutal. Observé la Llama de la Paz, encendida desde 1964, que promete mantenerse viva hasta que el mundo renuncie definitivamente al poder destructivo de las armas nucleares. Fui al Monumento a la Paz de los Niños, construido en memoria de Sadako Sasaki, la niña que murió diez años después de la explosión por los efectos de la radiación, tras plegar más de mil grullas de origami, como dicta la tradición japonesa cuando se espera cumplir un deseo profundo. Y, por supuesto, recorrí el Museo Conmemorativo de la Paz, donde se conserva parte de la evidencia de lo que puede hacer una bomba nuclear: matar a miles de personas de forma inmediata y alterar para siempre la vida de los sobrevivientes.
En aquel museo caminé frente a las vitrinas que exhiben lo que quedó: fragmentos de ropa de niños que nunca regresaron a casa aquel 6 de agosto, fotografías de los muertos, objetos personales retorcidos y calcinados, imágenes de una ciudad hecha trizas.
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