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Jaime Honorio González
Puntos de vista

Mediecita, ¿o qué?

Honestamente, no me importan las razones. Esta vez, no. Tampoco los análisis tácticos que nadie entiende, la zona uno, trescuartear, el ecosistema, la chacra y la mejor de todas, la ABPF (que traduce penal), esos neologismos que los sabios del fútbol suelen usar para impresionar, perdón, para comunicar, aunque —en realidad— terminen incomunicando, en ese afán de resplandecer aún más en detrimento de la ignorancia popular.

Soy del pueblo, de una vez lo aclaro.

Del pueblo futbolístico, especialmente. De ese que se cree director técnico porque ve infinidad de partidos por televisión, de ese que sabe alineaciones de memoria de clásicos que nunca vio, de ese que defiende futbolistas que fueron causas perdidas, de ese que habla más de lo que juega, de ese que celebra incluso las derrotas, desde las banquitas en la cuadra hasta el internoticieros en el Olaya, pasando por la final de la B en la universidad.

Por cierto, perdimos.

A punto de colgar los guayos, ya sólo me queda la decadente mediocridad del fútbol-sala, el que se juega —normalmente de noche— sobre un césped que no es césped, con tipos que usan medias tobilleras, sin árbitro, con muchos goles, sin barras, con petos, sin saques de banda, con amigos, sin aire libre, pagando parqueadero, sin asco por el olor del uniforme prestado, feliz de saber que después habrá tercer tiempo en medio del sudor común, de la abundancia de cerveza, de la escasez de comida, de los chistes de siempre, y las más de las veces, del espiritual destilado elixir, portentoso inhibidor del autocontrol y eficiente liberador del verdadero yo, conocido por todos como el aguardiente.

El próximo jueves, Colombia jugará contra Bolivia a ver si al fin sí clasificamos al Mundial de fútbol o no. En todo caso, lo mismo de siempre, la misma insoportable angustia, los mismos directivos, el mismo técnico vistiendo la misma camisa, el mismo estadio al que todos los que no van le exigen que sea la caldera del diablo, en la misma ciudad de guacherna y marimondas, y hasta los mismos jugadores. Todo igual, excepto por un noticionón: convocaron a uno de los nuestros. Sí señores, a uno de esos que perfectamente podría estar sentado en ese entrañable tercer tiempo que se vive en todos los rincones de este país. Y que no desentonaría.

Convocaron a Dayro Mauricio Moreno y ese es un especial motivo para celebrar, porque me parece que es la esperada reivindicación de todos nosotros, los jugadores de tercer tiempo (o encuentro postpartido, para que entiendan los legos en esta materia). Y les voy a explicar el porqué: Dayro es un aguardientero de primer nivel, al mismo tiempo que es el máximo goleador en la historia del fútbol colombiano, al mismo tiempo que está a 15 días de cumplir 40 años (es mayor que Falcao, por ejemplo), al mismo tiempo que tiene a su equipo, el Once Caldas, clasificado a cuartos de final de la Copa Suramericana, exactamente lo que todo jugador de fútbol de nivel aficionado (como somos casi todos) quisiera ser: activo participante del tercer tiempo y además, el más goleador.

Sí, yo sé que es pésimo ejemplo para los hijos. Pero, qué le vamos a hacer.

Al tipo, que intenta distraer con coloridos mechones la inexorable llegada de la total calvicie, le gusta pintarse las uñas, adora los sudados (me refiero a una comida típica) y su manicurista de cabecera cuenta que el jugador normalmente hace la siesta luego del festín, mientras ella trabaja laboriosamente en cada una de sus manos.

Espero que Dayro —de corazón— sea titular. Que al menos haga un gol. Que celebre a rabiar. Y después, bueno, ya se imaginarán cómo irá a festejar. Como le gusta a él.

Así que, salud por el ídolo.

El jueves (contra Bolivia) y el martes (contra Venezuela) estaré de primero frente al televisor haciéndole fuerza al goleador. No quisiera incentivar el desorden, pero en esos momentos de efervescencia y calor, como buen tribuno del pueblo, y como en todo tercer tiempo que valga la pena, mediecita, ¿o qué?

El que lo entendió, lo entendió.

@JaimeHonorio.

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