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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

Rodolfo, más que un historiador

Una vida que dejó huella. Serena en el gesto, firme en la palabra, profunda en la acción. No buscó protagonismo, pero transformó. No persiguió reconocimiento, pero trascendió. Un ejemplo de lo que la curiosidad intelectual y el deseo de servir pueden cultivar y cosechar.

Por: Luis Alberto Arango

Cuando Rodolfo Segovia Salas entraba en una sala de juntas, el aire se recogía un poco. No era por teatralidad, ni por arrogancia. Era otra cosa: una gravitas que no se anunciaba, pero se sentía. Hablaba con elocuencia sobria, el tono preciso, las pausas justas. Y luego —cuando llegaba el momento de los números— emergía otro lenguaje: el del flujo de caja, la contabilidad, las razones financieras, la lectura crítica que desnudaba lo que nadie más veía.

Así lo conocí por segunda vez. La primera, por razones del azar, fue en 1983 u 84. Yo tenía diez u once años; él, unos 47, y era presidente de Ecopetrol. Tenía una figura imponente y respetable, con sus más de 1.80 metros de altura, modales impecables, voz grave y un acento costeño sutil, pero inconfundible; una mirada firme y profunda. Un gigante, a mis ojos de niño. Con el tiempo lo perdí de vista, hasta que volví a encontrarlo en la junta directiva de la Fundación Clínica Shaio, donde yo ocupaba el mismo rol, como su suplente. Así se cerraba un círculo de admiración silenciosa y respeto hondo.

Desde comienzos del siglo XXI, Rodolfo estuvo vinculado con la Fundación, donde dejó una huella profunda, más por el contenido de sus intervenciones que por su frecuencia. Rara vez hablaba de sí mismo, pero bastaba escucharlo para saber que todo lo que decía venía cargado de experiencia: en el Estado, en la empresa, en la historia. Era preciso, meticuloso, atento a la estrategia, a la ejecución, a cada cifra de los estados financieros y sus anexos, especialmente al flujo de caja: la sangre vital de cualquier empresa, y aún más de una institución del sector salud. Tenía memoria prodigiosa para los detalles de reuniones pasadas y una sensibilidad particular para el pulso financiero. No imponía; sugería. Y cuando sugería, todos entendíamos por qué.

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