
Nueve meses de Trump en la Casa Blanca han alcanzado para confirmar lo que ya sospechábamos: más que presidente, este señor tiene alma de dictador. Y no hablo solo de Estados Unidos. Él quiere —y a ratos lo consigue— jugar al dictador del mundo.
No exagero. Un dictador es quien concentra todos los poderes, usa la fuerza para imponer lo que desea y se salta la ley como si fuera un charco en el andén. Trump convirtió esa definición en su manual de cabecera: quiso sumar a Canadá como “un estado más”, comprar Groenlandia como si estuviera en rebaja, reclamar el Canal de Panamá como suyo y hasta rebautizar el Golfo de México. Ni los niños más tramposos en el recreo inventan reglas con tanta desfachatez.
Ningunea en público a quien se le antoja, siendo los más vilipendiados Zelenski y Macron, y mientras tanto se abraza con su cómplice preferido, Netanyahu, para arrasar con Palestina y convertirla en proyecto inmobiliario de lujo.
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