
Unos disparos. Una cena indescifrable. Un último cumpleaños. La cama cambió de sitio porque el país había vivido en estado de sitio. Si alguien disparaba o hacía explotar una bomba, había que estar lejos de los vidrios. La niña jugaba con un loro que traía el padre de algún paraje lejano en la selva, quizás del Yarí, donde había rescatado a un grupo de negociadores estadounidenses retenidos por la guerrilla de las Farc. La madre no dormía porque las esquelas en las que se leía la muerte de su compañero, el padre de la niña, como un hecho cierto: “Que Marx y Engels lo protejan y descanse en paz en su nombre”. La niña se ve a sí misma en las fotografías de una época que ella ni ninguno de nosotros ha olvidado. Como ella, otras niñas y niños salieron en medio de la noche para no regresar jamás durante varios años, o décadas, a este país que se quedó en la bruma. Las imágenes arden aún. Cuerpos e incendios. Desesperación.
El niño que fue el hombre camina con su hermana por los Llanos de Solarte, en los años 40 del siglo pasado. Es el paisaje de mi infancia, dice. Esos llanos ya no existen. Tiembla ante la fotografía de sus padres: su madre y su padre están ahí, con él, y con la niña que ha regresado después de treinta y tantos años a pasar dos semanas con él. El niño fue bautizado Alberto. Se interesó en la política cuando vio los discursos de Gaitán. De joven descubrió el Manifiesto comunista: no entendía por qué había estado en contra de una idea tan bella, dice. Entonces se hizo comunista. Y ante la soflama de sus prédicas por la justicia social, salió del país. El embajador de esa época lo llamó a su casa. Le dijo que podía ofrecerle una salida. Se fue para la España franquista. La Puerta de Alcalá y el Museo del Prado. Sorolla. Supo que debía irse también de un país que estaba gobernado por el fascismo. En París escribió un artículo para Le Monde sobre los alzamientos armados campesinos de Riochiquito, El Pato y Guayabero. Los campesinos se habían levantado en contra de la tenencia de la tierra y la violencia. Los bombardearon en Marquetalia. Le pidieron que usara un seudónimo para ahorrarse un problema diplomático. Santiago Solarte, como los llanos de la infancia, se puso. Dos documentalistas franceses lo buscaron: ahí están las primeras imágenes de las Farc, en blanco y negro, recién el Gobierno de Valencia había bombardeado Marquetalia, en el segundo Gobierno del Frente Nacional.
La voz de la niña se oye en un casete de 1984. Ella se conmueve con su canto a la paz. Las paredes se llenan de palomas. Las hay de todos los tipos. Artistas y escritores se movilizan. Hay esperanza en 1984. Eloísa, se llama la madre. La niña que hoy es una mujer muestra su imagen en una con los dedos. Recuerda a Federico, su amigo de la infancia. Se ve pasear con los dos. Cantar un cumpleaños. El hombre tiene más de ochenta. Ella, casi cincuenta.
El 30 de enero de 2023, la CIDH declaró al Estado colombiano como responsable del genocidio de la Unión Patriótica. Alberto Rojas Puyo, intelectual y político comunista, fue uno de los ideólogos de eso que, como él mismo dice en la preciosa película de Paloma Rojas, su hija, Desarmando la memoria: el vuelo del colibrí, debe ser el primer tema en cualquier lugar del mundo. La paz es un proceso. Y en Colombia muchos hemos querido la paz. Lo complejo es que muchos han creído que la paz se consigue aniquilando al adversario.
La película es una serie de retratos familiares, cautos, contenidos, delicados, que desde el amor y el dolor nos enfrenta a la hija y al padre —la madre decidió no participar, pero está en ellos dos siempre— sobre eso que se juega en los destinos personales de familias que como la de Eloísa, Alberto y Paloma —o en la de Patricia Ariza, Santiago García y Catalina García; o en la de Gloria Mansilla, Miguel Ángel Díaz y Luisa Díaz— cuando se solapan la política y la muerte, como si fueran un destino común, en esta Colombia tan adolorida con nueve millones de víctimas a cuestas.
Alberto Rojas Puyo fue elegido como uno de los treinta y seis comisionados por el presidente Betancur en 1983, cuando se anunció el inicio del primer proceso de paz contemporáneo, después de los sucedidos en los años 50 con las guerrillas del Llano. Un hombre cultísimo, cosmopolita, intelectual refinado que se le midió a insistir en una idea que deberíamos repetir hoy cuando entremos de lleno en una nueva campaña electoral: la promesa de que por los medios violentos puede obtenerse algo de paz es una falacia evidente. “Por los medios de la violencia no se puede obtener sino una nueva extensión de la violencia”. Los Acuerdos de La Uribe consiguieron que muchos colombianos y colombianas pudieran acceder a la democracia de la mano de un partido de izquierda que logró su primer éxito en 1985. Como lo narra la escritora Laura Restrepo, que estuvo en el proceso, en su libro Historia de un entusiasmo, luego Historia de una traición, poco a poco esos acuerdos se convirtieron en la cartilla de adoctrinamiento para cerrarle, una vez más, el camino a la paz de este país. En noviembre de 1985, ante el Palacio de Justicia en llamas, la sociedad supo que se iniciaba otro ciclo de violencia.
La niña y la madre debieron irse, como cientos de niñas y de niños que quedaron huérfanos, exiliados o alejados de sus padres o madres. El costo para tres mil familias fue poner la primera piedra para la paz de Colombia. Poco a poco se fueron quedando solos. Con el naufragio, el mundo comenzaría a señalar a quienes hubieran pensado como Alberto en sacrílegos hijos de una época macabra asociada solo a la Unión Soviética. “No podíamos creer que de un acuerdo de paz pudiera salir un genocidio”, dice Alberto.
La niña, que ahora es Paloma, una actriz, realizadora y madre de dos hijos, que salió del país en 1987 hacia Lima, para no volver sino décadas después, se pregunta, con La tempestad de Shakespeare, obra en la que participa mientras sostiene este intenso diálogo con su padre: “¿Dónde está el límite entre los ideales, entre lo que uno necesita hacer, entre la propia libertad y las personas que te quieren cerca?”.
La respuesta está en esta hermosa película, insisto, que ojalá también pudiera verse en las salas de cine colombianas para que entendiéramos que, como dice el dramaturgo e intelectual Carlos José Reyes, fallecido este año, la verdad es una construcción a partir de muchas capas y versiones que van conformando un relato; no es unívoca, ni definitiva: “Lo único absoluto es el cambio”, aprendió Alberto de Marx.
A finales de los años 80, cuando me hice adolescente, sobre la carrera Tercera, entre calles 24 y 19, comenzó a instalarse los domingos el mercado de las pulgas al que íbamos de paseo. Sobre el muro que contiene la montaña, erigido cuando se construyó la avenida Circunvalar, aún podía verse la paloma borrosa de unos años antes. Hubo un tiempo en que Colombia se llenó de palomas. Y otro en que muchas de ellas debieron volar. Algunas, como la de esta historia, regresaron, volvieron al cuarto de la infancia, en compañía de su anciano padre, para comprobar que el tiempo, la historia, está presente todos los días, que basta con fijarse en los ojos de ese ángel, como lo llamó Walter Benjamin, para poder descifrar la clave del mensaje. Las palomas siempre han traído mensajes. Atrevámonos a abrirlos de nuevo.
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