
Vivimos pegados a pantallas. Computadores, teléfonos celulares y televisores hacen parte de nuestra vida diaria. Mis estudiantes están sumergidos en los videojuegos en línea y en sus momentos de descanso y ocio siguen sumergidos en la adicción a esos juegos y las interminables reuniones de trabajo se convierten en monólogos porque la audiencia y los interlocutores están concentrados en sus miles de ventanas abiertas en sus dispositivos. Y si las mencionadas reuniones son virtuales, peor aún porque ahí podemos camuflar mejor nuestro desinterés por la opinión o intervención de los otros. Los grupos de WhatsApp son una prolongación de ese ruido mundano donde nadie escucha (en este caso lee) a los demás. Estoy en varios grupos donde a muchos nos gusta compartir nuestros artículos y columnas. Siempre hay alguien que, con una publicación inmediata, anula el anterior envío, lo invisibiliza y así sucesivamente hasta el infinito y más allá.
Son días marcados por la saturación de imágenes y la ansiedad de las notificaciones. Esa promesa inagotable de lo inmediato marca el compás de este tiempo que nos tocó. Vuelve entonces la pregunta sobre el asombro, la poesía y la belleza. ¿Dónde encontrar la belleza cuando la mirada se dispersa en miles de pantallas encendidas?
Todavía quedan refugios para lo humano. Desde las cavernas, nuestros antepasados buscaron muchas formas para representarse y dar cuenta de su mirada y entender el mundo a través de trazos, signos, símbolos o cantos. Y todo aquello no solo sobrevive miles de años después, sino que se reinventa y se reinterpreta en medio del vértigo digital. Aún tenemos la necesidad de representarnos, cantarnos y dar cuenta de lo que comprendemos de ese mundo que nos rodea y por eso quizás es que sobreviven las novelas, los cuentos y, por supuesto, la poesía. En esa medida, el asombro y la emoción permanecen y tan solo se traslada para expresarse de una manera distinta.
No sabemos si las pantallas juegan el papel de espejos o ventanas de nuestras vidas o de qué manera cambia nuestra mirada el tener el ojo hecho a la medida de los megabytes. Nos exhibimos y difundimos nuestros autorretratos a través de miles de selfis que se expanden a través de las infinitas redes. Es una forma de nuestra realidad deformada donde se exhibe también lo efímero. Hay poco lugar para lo permanente, para lo que se fija para que quede instalado para siempre.
Pareciera que no estamos preparados para lo fijo. La atención se dispersa y eso dificulta la contemplación. Por eso la necesidad de que el libro impreso, una pintura o un poema nos invite al silencio se hace urgente en medio de la avalancha del entretenimiento y de la cultura como mercancía. Quizás así pueda hacer un contrapeso, ir a contracorriente como un recordatorio de lo que ha permanecido. Así la poesía nos ofrece lentitud frente a la velocidad, contemplación frente a la fragmentación, conversación frente al monólogo, silencio frente al ruido.
Entonces, la pregunta es cómo transformar ese consumo rápido en una experiencia más profunda en medio de las guerras que vemos en vivo y en directo y cómo las pantallas amplifican nuestra soledad en una suerte de simulacro de convivencia social. Ahí la poesía afirma donde los demás niegan, asiente donde todos rechazan. Por eso, el arte abre la posibilidad de la empatía y ahí podremos reconocer otras formas de la belleza. La belleza seguro estará en el lugar donde podamos descubrir algo más allá de las imágenes estandarizadas. La mirada diferente tiene más posibilidades para maravillarnos y extrañarnos.
Y ese es el gran desafío del arte y la poesía en este presente. Está en no dejar que un algoritmo determine nuestra sensibilidad y nuestras emociones. Pareciera que ya es demasiado tarde para evitar eso porque hace mucho que el ‘Gran hermano’ detrás de las redes ya tiene identificado el pulso de cada corazón humano. Pero la belleza y el asombro sigue estando allí donde siempre ha estado y quizás lo que exige de nosotros es un poco más de esfuerzo para que miremos con atención y detenernos. Aprender a mirar es saber también comparar, discernir para luego elegir lo que más se acomoda en nuestra sensibilidad. Conmovernos ratifica nuestra fragilidad y nuestro lugar en el mundo.
La belleza, lo que nos asombra, está allí esperando a que nos detengamos y volvamos a asentir. En el poema, la canción o la pintura está la memoria de lo que somos y en ellos habita intacta nuestra larga e inacabada conversación con todo lo que nos antecede y con lo que vendrá o sea con toda la humanidad.
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