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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Galán, Petro y el M-19: paradojas en las sombras del pasado

Habían pasado pocas horas después de que el propio presidente anunciara al país en su consejo de ministros televisado -visiblemente descompuesto por la noticia- que los Estados Unidos habían descertificado a Colombia en la lucha contra el narcotráfico. De pie, con el fondo del avión presidencial, Gustavo Petro lanzó una afirmación tajante sobre la descertificación: “Es un insulto para mi vida porque si hay algún líder político después de Galán que ha luchado contra el narcotráfico, he sido yo”.  Sí, escuchamos bien: ¡Galán y Petro, los dos adalides de la lucha contra los narcos!

A Galán, todo el mundo lo sabe, lo mandó asesinar Pablo Escobar. Lo decidió el día en que el político santandereano anunció que regresaría al partido Liberal con una condición: una consulta interna para elegir el candidato que iría por la Presidencia en mayo de 1990. En ese momento, Galán reiteró que la extradición era la mejor manera de combatir el narcotráfico. La noticia se divulgó por los noticieros. Ese día, Pablo Escobar estaba escondido en una caleta cercana a la hacienda Nápoles conocida como Las Marionetas. Y relata su hijo, Juan Pablo Escobar, en su libro Pablo Escobar, Mi Padre que “aunque no subió la voz, quienes estaban con mi padre en ese momento escucharon una frase que sonó a sentencia: mientras yo viva usted no será presidente, un muerto no puede ser presidente”.

Ese libro, publicado en 2014 por Planeta, es un relato detallado, revelador, impactante, de una visión inédita de lo que fue Pablo Escobar, revelando detalles de momentos clave en la vida del jefe del Cartel de Medellín. Esta vez, desde la perspectiva de un joven que fue testigo de todo lo sucedido y que, años más tarde, decidió contarlo convencido de que decir la verdad era el camino para que la historia no se repitiera. Y tiene un factor que lo hace más relevante: viene de un hijo que no necesita engrandecer o justificar la figura de su padre, sino lo contrario: desmontar su herencia de crimen y violencia. 

El presidente Petro ha reivindicado de todas las maneras posibles su historia dentro del M-19; lo hace frecuentemente con orgullo y determinación, dando a entender que es una organización cuyo legado político e ideológico debería influir en la construcción del país. Lo paradójico de esta historia es que ese mismo M-19, según lo cuenta el propio hijo de Pablo Escobar, al parecer fue uno de los socios más importantes del Cartel de Medellín, la organización que asesinó a Galán. Al Galán al que Petro dice parecerse.

Relata Juan Pablo Escobar que su padre, Pablo, mantenía una relación cercana con varios líderes del M-19, entre ellos Iván Marino Ospina, “con quien se veía con alguna frecuencia y hablaban de todo tipo de temas. La empatía entre los dos era tal, que un día el guerrillero le regaló un fusil AK-47, nuevo, que acababa de recibir en un cargamento de armas que les llegó de Rusia. Ese fusil se convirtió en compañero inseparable de Paskin”. 

La historia del Cartel de Medellín y el M-19 está plasmada con detalle en el relato del hijo de Escobar. “Iván Marino Ospina le contó a mi padre que Álvaro Fayad había propuesto en el seno del M-19 la toma pacífica de un edificio público para juzgar al presidente Betancur por incumplir los acuerdos suscritos con ellos… Enterado de los detalles del plan, mi padre, acostumbrado a cazar todo tipo de pelea, vio una manera de obtener un beneficio y se ofreció a financiar buena parte del operativo porque sabía que los nueve magistrados de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia avanzaban en el estudio de varias demandas interpuestas por abogados del gremio mafioso que buscaban tumbar el tratado suscrito con Estados Unidos”. 

Relata el hijo del capo que se dieron varias reuniones con Iván Marino Ospina y con otros jefes del M-19 en una caleta cercana a la hacienda Nápoles para “afinar los detalles de la ayuda militar y económica que les daría para ejecutar la toma… por eso no dudó en darles un millón de dólares en efectivo y les ofreció una bonificación posterior por la desaparición de los expedientes”. Entre las reuniones y la ejecución del plan murió Iván Marino Ospina en un enfrentamiento con el Ejército en Cali. Según el relato del hijo de Escobar, ese hecho no detuvo al M-19. Al contrario: el plan siguió adelante y la toma del Palacio se produjo mientras su padre estaba en una caleta en el Magdalena Medio, conocida como Las Mercedes_. “Pinina  (uno de los sicarios más cercanos a Escobar) me contó que mi padre se puso muy contento cuando vio que el edificio se había incendiado porque era obvio que los expedientes sobre la extradición quedarían destruidos”,_ recuerda Juan Pablo en su libro. 

En el discurso de Petro, la referencia a Galán se retuerce y, como una serpiente furiosa, se muerde la cola. Galán, el hombre que cita el presidente como su émulo de la lucha contra el narcotráfico fue asesinado por Pablo Escobar quien -según su propio hijo- era socio y amigo del M-19.

La historia del M-19 y Pablo Escobar toma en su momento un rumbo alucinante. Cuenta Juan Pablo que su padre le entregó la espada de Bolívar que el M-19 le había dejado como prueba de amistad y compromiso. El capo le dice a su hijo: “se la voy a regalar, para que la ponga en su pieza. Vaya pues, manéjela con cuidado. No se ponga a jugar por ahí con ella”. Juan Pablo recuerda que años después su padre le pidió la espada: “…devuélvame la espada que tengo que entregársela a unos amigos que me la regalaron. La necesitan para devolverla como un gesto de buena voluntad”.  Antes de entregarla, Juan Pablo se tomó fotos con la espada de Bolívar, que finalmente fue entregada por el M-19 el 31 de enero de 1991 en una ceremonia con presencia del presidente Cesar Gaviria. ¿Podría ser que aquella fuera la misma espada (o la misma causa), manoseada por Escobar, la que tomó en sus manos Gustavo Petro el 1° de mayo de 2025 en la Plaza de Bolívar?

Aunque la justicia nunca sentenció al M-19 o a Escobar por una complicidad en la toma del Palacio de Justicia y la desaparición de los expedientes, hay indicios y testimonios, historias que no se pueden olvidar o ignorar -como lo relatado por el propio hijo del capo- según los cuales Escobar, el asesino de Galán era socio, amigo y cómplice del M-19, la guerrilla a la que perteneció Petro. Y aunque el presidente tenga derecho a reclamar con dolor que lo hayan descertificado, su autocomparación con Galán tropieza y se enreda con las sombras del pasado.

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