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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

La memoria en fotocopia

Muchas de mis primeras lecturas, de las que conservo párrafos e ideas centrales, frases llenas de poesía y alguna que otra anécdota, fueron en fotocopias. Primero en el colegio, cuando el profesor de sociales o español y literatura llegaba con un sobre de manila lleno de copias para que nosotros pudiéramos subrayar con un color las tesis principales y secundarias y con otro color las palabras claves o que desconocíamos y que después debíamos buscar en el diccionario. Luego, en la universidad, los profesores dejaban en el centro de copiado de su preferencia los textos asignados. Así, sin querer queriendo, la vida se fue llenando de fotocopias que con el tiempo sus páginas se fueron amarilleando, pero permanecían y sobrevivían al paso del tiempo. 

No hace mucho hice una depuración de papeles y fue difícil desprenderme de muchas de aquellas fotocopias. Muchos de sus contenidos ya los tengo en ediciones dignas tanto impresas como digitales, pero desprenderme de aquellos subrayados y anotaciones era como arrancarme y despedirme de aquellos pequeños objetos de un viejo amor que se conservan en una cajita de recuerdos. Me detuve y releí algunas de esas anotaciones y celebré ser fiel a aquel estudiante que se inquietó por alguna frase que todavía me enseña cosas nuevas. En otras reconocía mi propia letra con unos trazos más frescos y desparpajados. En otros apuntes me desconocí completamente, pero fue emocionante redescubrir qué era lo que me emocionaba hace tantos años. La bolsa de basura aguardaba mi limpieza y depuración que también era una forma de limpiar y remover el alma y el corazón. Me pregunté también por qué había conservado muchas de aquellas fotocopias y por qué sobrevivieron en cajas y gavetas a trasteos, viajes, relaciones de pareja y cambios de vida. Acá, la razón de la limpieza era más pragmática: necesito espacio para dejar entrar nuevos libros y los criterios de depuración empezaban por deshacerme de todo aquello que tuviera más de veinte años sin mirarse o revisarse. De alguna forma, si había podido vivir más de veinte años sin releer aquellos textos en ese preciso formato, seguramente no los iba a necesitar el resto de mi vida y si por alguna razón debía volver a aquellas palabras, para eso tenía, en algunos casos, ediciones recientes con buen papel y tipografía. 

Pero no: ratifico que soy un romántico de los viejos papeles y que me costó desprenderme de muchos de esas fotocopias y que decidí conservar algunas que leí y releí tantas veces y a las que regresé algunas veces, incluso hace más de veinte años. La vida, la infancia, la adolescencia, en fin, cada etapa estuvo siempre llena de libros, estantes llenos de fotocopias e instrumentos de papelería como cosedoras, grapadoras, liquid paper y cintas de máquinas de escribir. En mi casa había Letra Set con varias opciones tipográficas ideales para hacer títulos de presentaciones de carteleras y siempre, siempre, hubo una fotocopiadora cerca de la casa. De la casa de la infancia estaba la fotocopiadora de la Droguería Don Saludero, adónde llegó por primera vez en el barrio la avanzada Xeroxcopiadora de tapa naranja que sacaba un poco más rápido y en varios tamaños. 

Todavía recuerdo haber conservado mi primer Elogio de la dificultad y Sobre la lectura, de Estanislao Zuleta, que leí en alguna clase de filosofía en el colegio, lo mismo que la introducción a El alma romántica y el sueño, de Albert Beguin, en la bella edición del Fondo de Cultura Económica. Muchos años después fui el guía en Bogotá de un autor invitado a la Feria del Libro y después de un gran almuerzo en Monserrate me preguntó por las lecturas de mi vida. Cuando le respondí que una de ellas era El alma romántica y el sueño que con entusiasmo nos había puesto a leer Juan Felipe Robledo, sonrío y me dijo: “qué poco detallista eres muchacho. Si revisas bien, el traductor de ese libro es este amigo que te está invitando a almorzar”. Era Mario Monteforte Toledo, escritor, sociólogo y quien había sido vicepresidente de Guatemala. Tres años después de aquel encuentro falleció en su país y este recuerdo me impide descartar aquellas primeras fotocopias del libro de Beguín. 

También conservé algunas copias del Libro de los abrazos de Eduardo Galeano, de algunos ensayos de Gastón Bachelard y de los textos introductorios escritos a máquina sobre diferentes poetas en algún taller de poesía en la Casa Silva. También tengo algunas fotocopias autografiadas y otras tantas leídas, subrayadas y anotadas con algún viejo amor. Todo aquello hace parte también de lo que Orham Pamuk llamaba “el museo de la inocencia”. 

Con la escritora mexicana Brenda Lozano hablamos hace muchos años de nuestro amor por las fotocopiadoras. En ese momento acababa de salir su relato Monólogo de una fotocopiadora Xerox y celebramos su presencia en nuestras vidas y recuerdos. Aquel texto concluye diciendo: “pero eso no lo sabemos nosotros, los descendientes de Xerox, que ahora, en nuestro retiro, repetimos esta historia, entre otras historias de amor y sus transformaciones en las cosas que nos rodean”. Después supe que Mariana Enríquez también es descendiente de aquella máquina Xerox y que mantiene una nostalgia permanente por los textos que leyó en fotocopias. En mi caso hay también una lealtad al asombro que despertó en mi aquel relato, ensayo, poema o crónica que leí en unas hojas en el que las palabras parecían desaparecer por la nitidez de la copia y donde no solo había de comprenderse el texto, sino de adivinar algunas de esas palabras ilegibles. De pronto inventé algunas que cambiaron el sentido de la frase y con esa versión me quedo. 

Al final, esas fotocopias forjaron también la vida y el carácter. Son la memoria material, junto con libros y casetes de un lector que se formó con esos recursos con entusiasmo e ilusión. Allí está la tinta urgente de mis subrayados y apuntes, la caligrafía de un tiempo que se fue. Y quizás por eso es por lo que tanto me cuesta el desprendimiento: porque son una prueba concreta de la persistencia en mis propios asombros y que me salvaron muchas veces del vacío o la soledad. Estas palabras son tan solo un acto de gratitud por haberme ayudado a habitar el mundo, el mundo que me interesaba. Ahora estoy seguro de que mi vida comenzó a escribirse en algunas de esas fotocopias borrosas y que hoy son una suerte de espejo donde me sigo reconociendo y maravillando.

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