
Hace cien años nació en Oviedo el inmenso poeta Ángel González, uno de los mayores y más representativos de la Generación del 50 que recibió, entre otros, los premios Príncipe de Asturias en Letras en 1985 y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1996.
Hace cien años nació en Oviedo el inmenso poeta Ángel González, uno de los mayores y más representativos de la Generación del 50 que recibió, entre otros, los premios Príncipe de Asturias en Letras en 1985 y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1996. Creo que los primeros poemas que leí de él fueron Canción de invierno y de verano y Me basta así, que conectaron desde los primeros versos con una conversación profunda con mis propias emociones. Luego supe más de él gracias a mis amigos poetas Luis García Montero y Fernando Valverde, quienes han sido insobornables lectores, estudiosos y profesores que han enseñado y promovido su obra y posteriormente por ese otro amigo, Pedro Guerra, quien musicalizó varios de sus poemas y preparó un disco con la colaboración del poeta con el titulo La palabra en el aire. Muchas de esas canciones son parte de mi banda sonora.
Pero además de sus hermosos poemas me identifiqué de una manera especial con su mirada sobre la poesía y sobre su papel como vehículo de una lengua, una cultura y una forma de habitar el mundo. Cuando recibió el premio Príncipe de Asturias recordó en su discurso que “en ningún género literario la lengua desempeña un papel tan predominante como en la poesía. Y ese protagonismo permite a las palabras del poema manifestarse en libertad con independencia de los designios de quien las escribe, actualizar la infinita gama de posibilidades expresivas que subyacen, olvidadas o inéditas, en el idioma. Con frecuencia, el poema revela algo más que el pensamiento y el sentimiento de un solo hombre; no es raro que las palabras, por propia iniciativa, sientan y piensen en él y por medio de él, reactivando el sentir y el pensar de todo el pueblo que las usa y las crea”. Algo sobre lo que ya había reflexionado en ensayos como Poesía y compromiso, en 1963, y en Sobre la poesía: un alegato, de 2002, entre tantos otros.
Lo que queda claro es que reafirma que la poesía es, por naturaleza, un concepto escurridizo desde las contradictorias definiciones que han dado sobre ella poetas de todas las épocas desde el romántico “poesía eres tú”, de Gustavo Adolfo Bécquer, hasta la idea de Antonio Machado de “palabra en el tiempo”. Cada poeta, al intentar explicar qué es la poesía, en realidad defiende su propia manera de entenderla y justificar su lugar dentro de esa casa donde, precisamente, entre todas esas contradicciones se constituye su belleza y justificación.
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