
Hay una antigua y perturbadora advertencia en la literatura: quien le vende el alma al diablo no obtiene poder, sino una deuda maldita que será su condena. El favor concedido por el diablo es siempre un préstamo envenenado, y la factura llega en el momento más inesperado e inoportuno. La angustia de ese pacto no está en el instante de la primera entrega, sino en la certeza de que un día habrá que pagar, con intereses tan altos que nadie puede imaginar.
Estamos en una de esas ocasiones en que el Gobierno de Colombia, en nombre de la soberanía, hace exactamente lo contrario a lo que indica esa idea de independencia: ofrece a su Ejército para que participe como una marioneta en un teatro montado por otros. Gustavo Petro anunció la presencia de 25.000 soldados en la frontera con Venezuela, en un gesto que Nicolás Maduro agradeció con un entusiasmo casi obsceno. Que un dictador decadente y acorralado celebre la decisión de un presidente democrático debería ser suficiente para levantar sospechas sobre el verdadero sentido de la maniobra.
Petro habla de coordinación binacional contra las mafias y Maduro, aprovechando la oportunidad, lo hace ver como respaldo tácito frente a la armada estadounidense que asoma en el Caribe con la tarea de golpear al narcotráfico, incluido el Cartel de los Soles, organización que -según la justicia de los Estados Unidos- dirige el propio Maduro. Petro habla desde el “orden público” y la lucha contra las mafias; mientras que el otro, Maduro, chilla desde el fondo de una tormenta geopolítica. Uno se presenta como un agente activo contra el crimen, mientras aquél no se puede desprender de su angustioso rol de dictador asediado, disfrazado de militar de carnaval y vociferando amenazas a diestra y siniestra.
En realidad, Petro no ha movido un dedo fuera del escenario de lo simbólico. Su ministro de Defensa, en un gesto de paciencia retórica -como quien recoge los pedazos de una vajilla rota después de una fiesta salvaje- aclaró pocas horas después del anuncio presidencial que no habrá un nuevo despliegue, que lo anunciado era, en esencia, parte de un trabajo que ya había tenido lugar en el Catatumbo, es decir que esos militares estaban allá desde hace tiempo. El contraste es llamativo: un presidente que habla en mayúsculas y un ministro que aclara con notas de pie de página.
Mientras tanto, Maduro obtiene lo que quería: la fotografía política que lo presenta como líder con aliados, no como paria cercado y desahuciado. La idea de soldados colombianos respaldando su llamado y cooperando con él en su frontera le sirve más que cualquier despliegue real. Detener el narcotráfico no importa, ni nunca ha importado. Lo importante para él es mostrar que un país como Colombia le copia en una tarea de coordinación militar, justamente cuando las naves de guerra de los Estados Unidos se dirigen hacia sus costas.
La paradoja es que el presidente Petro, quien pretende marcar distancia del viejo servilismo hacia los Estados Unidos, termina activando otra forma de servidumbre: se convierte en garante indirecto de la estabilidad política de Maduro, una de las figuras más desprestigiadas de la política internacional. El tema no tiene nada que ver con la dignidad de ser latinoamericano.
¿Por qué Colombia apoya a Maduro con el anuncio de la cooperación militar y la extraña afirmación de que el Cartel de los Soles no existe? Hay que recordar que fue el propio Maduro quien, en un programa transmitido por televisión el pasado 19 de agosto, dijo: “Ha llegado el momento de activar la zona binacional número uno en todo lo que tiene que ver con la movilidad, la conexión, conectividad transporte y comercio, y del lado venezolano redoblar todo lo que tenga que ver con la lucha directa contra las bandas violentas y criminales”. El 25 de agosto, Diosdado Cabello anuncia el despliegue de 15.000 hombres en la frontera con Colombia y el 28 de agosto, en su cuenta de X, el presidente Petro señala que había ordenado aumentar la presencia militar en el Catatumbo, comentario que fue aplaudido con la emoción de una foca de circo por Maduro. En esta secuencia hay algo que recuerda a la vieja tentación fáustica de venderle el alma al diablo. ¿Qué ocurrió en el pasado para que la cuenta de cobro llegue justo ahora y se pague con diligencia? Los pactos con dictadores nunca salen gratis.
La conclusión, si se quiere amarga, es que esta “coordinación fronteriza” no parece ser ni un gesto de rebeldía ni un acto de soberanía: más bien luce como una resignación, un pago de intereses disfrazado de acción contra el crimen. Y como toda resignación política, se celebrará en Caracas por Maduro y sus cómplices, se discutirá en Bogotá, y en todo caso se escuchará en Washington y difícilmente en las aguas del Caribe, donde los portaaviones tienen la mala costumbre de no leer los comunicados de los dictadores como Maduro; solamente los boletines del Departamento de Justicia, la Interpol y la DEA.
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