
Como sociedad, seguimos perpetuando nuestras miserias, nuestros defectos y —especialmente— nuestras soberbias. Nos pasa a hombres y mujeres, negros y blancos, en todos los estratos, en casi todas las edades, en casi todos los oficios. A taxistas y corredores de bolsa, a bomberos y vendedores de humo, a prostitutas y fisicoculturistas, a faquires y máster chefs, a políticos e ilusionistas, a profesores y maestros de brocha gorda, a eximios goleadores y, también, a arqueros sin manos.
Incluso, les pasa a los presidentes, cada vez que están sentados allá en eso que llaman el solio de Bolívar, disfrutando sus cuatro años de reinado. Hacen hasta lo imposible por quedarse para siempre mientras —poco a poco— van muriendo en el corazón de cada colombiano que los eligió, en tanto le revuelven la hiel a quienes votaron en contra. Pasó —por citar algunos— con El Libertador, con Tomás Cipriano de Mosquera, con Núñez, con López Pumarejo. Pasa con todos los que están vivos (que ya son hartos). Y pasará con uno de los más de cien autoproclamados dignos sucesores del actual.
Por cierto, el actual sí que está arrogante.
El actual está en esa horrible etapa de la otoñez presidencial, esa especie de tíbiri tábara emocional que ataca a los primeros mandatarios al final de sus periodos, porque saben que están tan lejos de llegar a sus metas y tan cerca de terminar sus mandatos, y por eso éste que nos está tocando cada día que pasa grita más duro y más defiende lo más indefendible, y en consecuencia, cada vez se siente más solo y más traicionado porque —evidentemente— cada vez lo dejan más solo y lo traicionan más, y a cada segundo lo defienden menos en público y prácticamente nada en privado, y muchos de los que un día se beneficiaron de su cercanía, hoy se quedan calladitos, quieticos, medio invisibles, medio anónimos, allá en sus embajadas, allá en sus ministerios, parapetados tras sus escritorios oficiales, o disfrutando a sus anchas de la licitación ganada o del contratico estatal vigente, ya con un ojo más en lo que viene y en el que viene que en lo que se está yendo y el que se está yendo.
Le queda menos de once meses.
Debe ser eso, por la inminencia del fin, que el actual presidente de la República, ardiendo por el inclemente sol a sus espaldas, dice y desdice, hace y deshace, y nombra y desnombra. Desnombró al autodenominado pastor de forma tan sorpresiva como lo nombró. Desnombró al único funcionario que le declaró su amor en público y al que se niega a ungir como su sucesor a pesar de que las encuestas lo muestran como el mejor posicionado. Desnombró al cuarto ministro de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones en tres años, esta vez por ineficiente a la hora de conseguir votos en el Senado para su candidata a magistrada, lo cual, por cierto, sigue siendo una de las prácticas clientelistas más detestables en la política y que el primer mandatario había jurado combatir. Lo dicho, este presidente (como casi todos) olvida lo que propone en campaña y —además— hace todo lo contrario, una extraña variación del inevitable alzheimer presidencial que sufren todos esos.
Y si desnombra, pues también nombra. Ahora está enranchado en la llegada de Juliana Guerrero como viceministra de Juventud, uno de los cinco viceministerios del Ministerio de Igualdad y Equidad. Más nombre que resultados.
El nombramiento no tendría nada de malo, excepto porque Juliana no cumple los requisitos, que tampoco es que sean muchos.
Una joven congresista, la representante Jennifer Pedraza, ha ido revelando cada una de las trampitas en los papeles de la aspirante. La mejor de todas es esa de que no presentó el examen del Icfes (para las universidades se llama Saber PRO), obligatorio para poder graduarse en una universidad, así sea en la Fundación de Educación Superior San José, que —de forma exprés—la terminó reconociendo como Contadora Pública Juramentada egresada de su facultad. ¡Qué descaro!
Y el presidente, tan meritócrata que se ha promocionado, nada que le pone punto final a ese ardid. Nada que pide investigar a la universidad y a su anunciada viceministra, por tramposas. Ni un tuit serio y contundente. Ni siquiera uno mal escrito.
Es una extraña meritocracia, que tanto prometió en campaña. Realmente, más parece una filocracia, una palabra no reconocida por la Real Academia Española (la RAE), por ser un término poco usado o muy reciente, pero que tiene dos acepciones que, justo a este Gobierno, le casan perfecto: la primera, se refiere a una especie de gobierno con los amigos. Y la segunda, a un exagerado apego al poder.
Gustavo Petro es un filócrata consumado, no me cabe duda. Por eso, con frecuencia hace cosas realmente incomprensibles, más allá de que sean provocadoras, que es su principal característica, o incendiarias, que es su mayor habilidad.
En otros gobiernos fue igual, es verdad. Pero, es que estamos en éste, que tantos cambios prometió, para —al final— terminar haciendo lo mismo.
@JaimeHonorio.
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