
(Para Otto)
Era un hermoso toro color café. Su pelaje brillaba intensamente por el golpe de sol de la tarde sobre el sudor que acompaña a cualquiera que esté sufriendo por la angustia y la incertidumbre. Cuando salió de la penumbra del túnel al centro de la plaza lo hizo con la fuerza majestuosa de su naturaleza. La muchedumbre, montada en una ola grotesca de desenfreno y excitación, se agita en un frenesí que se percibe hasta en los cimientos de la plaza. Gritos de una alegría que no se entiende; alaridos de la oscura expectativa de quienes asisten al ritual de muerte.
Yo no podía quitarle los ojos de encima: el animal, con su imponente figura, debía sentir el golpe violento de su corazón en las costillas. Aunque sabe de su propio poder, está envuelto en una sensación de amenaza que lo supera. Es una amenaza a la que no puede embestir porque flota en el aire como un fantasma, y solo quiere su muerte. Se quedó mirando a las tribunas: quieto, sin comprender lo que sucedía. La gente entendió su gesto de estupor como una señal de mansedumbre, y le llovieron botellas y latas de cerveza, en una escena que retrataba el deplorable estado moral de los agresores frente a la belleza y la inocencia ultrajada del toro. El animal no soportó, y antes de enfrentarse al torero, cayó y murió de un infarto en la arena. Su corazón fue apuñalado por una mezcla de desconcierto, miedo, humillación e impotencia. A la gente no le importó y gritó para que trajeran rápido a otro animal a la arena y seguir con la orgía de sangre. En ese instante, en esa plaza de un pueblo de Boyacá en la que estaba haciendo un reportaje sobre las fiestas en Colombia, juré que jamás participaría de nuevo de una corrida de toros.
Pensar que en algún pueblo de Colombia un niño aplaude mientras un toro, acorralado, embiste en medio de una corraleja y un hombre herido corre con sus vísceras en las manos, es perturbador. Animales y personas mueren en medio de la borrachera, recogiendo billetes y monedas del piso. Ese mismo niño vuelve a su casa convencido de que la humillación y el dolor ajeno —humano o animal— pueden ser un espectáculo. Y es ahí donde radica la gran fuerza de la decisión que acaba de tomar la Corte Constitucional: no se trata solamente de prohibir corridas, corralejas y peleas de gallos, sino de trazar con claridad una frontera cultural entre la violencia y la muerte como tradición y la empatía como valor social.
La tradición es algo que se transmite —rituales, prácticas, costumbres, normas— de generación en generación. Y estamos de acuerdo en que no todo lo que se denomina como “tradición” merece ser conservado. La esclavitud fue tradición. El circo romano fue tradición, los duelos a muerte también. Las ejecuciones públicas fueron tradición. Lapidar mujeres adúlteras fue tradición y quemar personas acusadas de hacer brujería, también. En algún momento, todas fueron vistas como expresiones culturales, religiosas y/o legales aceptadas por la sociedad. Hoy nos parecen inaceptables porque nuestra sensibilidad moral ha cambiado, y está cambiando, por fortuna. Lo mismo ocurrirá con los espectáculos de crueldad animal: dentro de unas décadas nos parecerá increíble que en 2025 todavía discutiéramos si era legítimo torturar toros o gallos para divertirnos. Así que la vida seguirá, y de mejor manera, porque las tradiciones no son estáticas. Sobreviven las que son capaces de adaptarse.
La Corte Constitucional no legisla sobre gustos, percepciones u opiniones, legisla sobre principios. Y los principios de la Constitución de 1991 —la dignidad, la vida, el ambiente sano— no son compatibles con espectáculos donde el sufrimiento es el centro de la fiesta. Desde la Ley 1774 de 2016, Colombia reconoció a los animales como seres sintientes. No son cosas, no son objetos, y aunque no tienen derechos como los humanos, sí es una obligación del Estado evitar su dolor innecesario.
En Colombia, algunos han puesto el grito en el cielo porque la Corte Constitucional decidió prohibir corridas de toros, corralejas y peleas de gallos. Dicen que “la cultura está en peligro”, como sin el espectáculo de un animal desangrándose ante los gritos de excitación del público, la nación entera se precipitara a la decadencia cultural y fuéramos a ser peores de lo que somos.
Seamos serios. La defensa de estas prácticas con el argumento de la “tradición” o “la cultura” es una salida fácil y sin fondo. El hecho de que algo se haya hecho por siglos no lo convierte en admirable o aceptable.
Claro, persiste la paradoja: protegemos a un toro en la plaza o a un gallo de pelea, pero no hacemos lo mínimo necesario ante la deforestación de la Amazonía, el tráfico de especies silvestres, el ecocidio perpetrado por el narcotráfico y la minería ilegal, o la violencia cotidiana contra las personas. Pero no se trata de escoger entre proteger animales o proteger personas: se trata de comprender que el respeto a la vida es un principio central de la vida en comunidad de la nación. Una sociedad que aprende a respetar la vida animal está mejor preparada para respetar la vida humana.
Hoy recuerdo a ese hermoso toro color café, muriendo entre el miedo, el desconcierto y la humillación en una plaza. Y me siento feliz por la decisión de la Corte de terminar en Colombia con ese tipo de fiestas. Y me queda una certeza adicional: la pregunta no es si el país podrá vivir sin estas prácticas. No, y no se equivoquen. La pregunta es cómo pudo soportarlas por tanto tiempo.
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