
En Colombia estamos acostumbrados a los delirantes discursos presidenciales, que pasan de las matemáticas a la literatura y de ahí al sexo o a la discriminación contra la mujer. Sin embargo, el que se ganó el premio para la intervención más bizarra esta semana fue el presidente Trump, que se dirigió durante casi una hora a los miembros de la ONU durante la Asamblea General y tocó temas que iban desde el daño que sufrió una escalera eléctrica hasta afirmar que “sus países se van a ir al infierno”.
Trump se subió al podio “cargado de tigre”, como se dice. No había tenido un buen día, porque, en efecto, la escalera eléctrica en la que se movilizaba hacia el recinto donde estaban reunidos los países, se quedó varada con el presidente de Estados Unidos en la mitad del trayecto. Por si fuera poco, su teleprónter se dañó (se ha especulado que fue un intento de saboteo) y tuvo que improvisar su discurso, y finalmente, estaba furioso porque varios países a los que él consideraba sus aliados desobedecieron el mandato del “todopoderoso” y reconocieron la existencia del Estado palestino, algo que había sido impensable hasta hace pocos meses.
El presidente despotricó contra todos. Dijo que el cambio climático era “el engaño más grande que ha visto el mundo” y a quienes creen en él los tildó de estúpidos. Habló del “hermoso y limpio carbón” y declaró que el cristianismo es la religión más perseguida del planeta. Criticó a los gobiernos musulmanes en occidente, volvió a lanzar amenazas contra Venezuela y, como un Quijote moderno, arremetió contra los molinos de energía eólica.
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