
El 4 de diciembre de 2025, el Gobierno de Estados Unidos publicó la Estrategia de Seguridad Nacional, una especie de guía ideológica que delineaba claramente las prioridades, preocupaciones y retos de la administración del republicano Donald Trump en materia de política exterior. Era el regreso de la histórica Doctrina Monroe, creada en 1823 para frenar la colonización europea en América pero que terminó siendo reinterpretada por Estados Unidos como una justificación para intervenir en América Latina y convertir a nuestro continente como “patio trasero” del tío Sam. En la Doctrina Monroe estuvo, por tanto, el respaldo las acciones violentas y directas que Estados Unidos usó en Cuba y en Chile en los años 70.
El mundo, repetían los analistas del conflicto, no era ya aquel de los 70 y los 80, y era improbable que Estados Unidos invadiera a Venezuela. Tal vez faltó considerar, como lo afirmó el secretario de Estado, Marco Rubio, en la conferencia de prensa después del derrocamiento de Nicolás Maduro, que Trump no es un hombre de discursos y cartas, sino de acción. Y esa acción estaba, sin mencionarlo de manera literal, en el documento que el 4 de diciembre de 2025 revivió la Doctrina Monroe. El presidente Trump, en su discurso horas después del arresto de Maduro y su esposa Cilia Flores, justamente decía: “La Doctrina Monroe es muy importante. Y la hemos superado con creces. Ahora la llaman la Doctrina Donroe”. Ese documento, que es público y tiene un capítulo completo sobre el hemisferio occidental, explicaba que la nueva doctrina de Estados Unidos consistía en “Enlistas y Expandir”.
Sí, “enlistar aliados regionales para controlar migración y narcotráfico, combatir carteles, asegurar rutas marítimas y fortalecer estabilidad; y expandir la red de socios para que Estados Unidos sea el socio económico y de seguridad preferido”, como explicaba el diario El País. Esa estrategia, literalmente, hablaba de una mayor presencia naval y de Guardia Costera, así como despliegues focalizados de fuerzas estadounidenses. No se mencionaba específicamente a Venezuela (ni a ningún otro país de América Latina, salvo México, que se menciona dos veces), pero las señales de lo que venía estaban allí. Días antes, los medios de los Estados Unidos publicaban que Trump daba autorización a la CIA, que desde agosto tenía hombres en Venezuela, para que operaran en ese país. Muchos pensamos, y evidentemente estábamos equivocados, que todo esto se quedaría en meras amenazas vacías.
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