
Estando a punto de entrar al río, me toma por sorpresa la noticia de la operación militar de los Estados Unidos. Se me vienen a la memoria muchas imágenes, desde el parque Waraira Repano desde donde se veían pasar los helicópteros sobre Caracas y hace meses soñaba con una paz factible, hasta el imponente tepuy de Autana, el sitio sagrado de los Piaroa en el Orinoco, de donde sigo reportando la tragedia del oro del siglo XXI. Cuánta belleza y majestuosidad hay en los paisajes venezolanos, tan aporreados por esa confluencia de conflictos internos y ahora ese mazazo venido del hombre naranja.
Estando en esta frontera se ven varias aristas del asunto. Por un lado, el carnaval que armaron los migrantes en este pequeño pueblo del Orinoco, donde la gente bailaba, cantaba y hacía el jolgorio de quienes han sufrido la condición de la migración forzada por condiciones indeseadas. Es gente del común, que maneja mototaxi, tuc tuc, lancheros, lavarropas, peluqueras, manicuristas, pescadores, en fin, gente que ha encontrado en Colombia una forma de sobrevivir y enviar su remesita a la familia que quedó allá.
También se veían pasar botes, como arrieras en verano, que al parecer traían mineros de Yapacana, el gran tepuy del parque nacional que ha sido azotado por una minería ilegal y depredadora donde los grupos armados colombianos juegan un papel crucial.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios















