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Álvaro García Jiménez

La codicia invisible de Maduro

Durante los últimos años –en sus discursos, en sus letanías en X y hasta en sus alocuciones televisadas–, Gustavo Petro ha acudido decenas de veces a una idea fuerza que caracteriza su pensamiento: la codicia. Para el presidente, esa es la causa buena parte de los males del mundo. La codicia está detrás –por ejemplo– de la violencia callejera, del narcotráfico, del calentamiento global, de las malas relaciones con los gremios productivos, de las decisiones del Congreso, de los desacuerdos entre naciones, de las guerras en todo el mundo, de la existecia de la guerrilla, de la desigualdad, de la opresión, de la corrupción en su propio Gobierno e incluso de la inoperancia de sus políticas, como en el caso de la salud. Ese diagnóstico moral es claro y reiterado.

Pero hay una codicia de la que Petro no habla y que –como muchos de quienes comparten su ideología– simplemente decide ignorar: la codicia del poder cuando se pone la máscara del socialismo.

La asombrosa historia de la captura de Maduro en su propia casa y las imágenes del dictador y su esposa vestidos de presidiarios marcarán la historia del siglo XXI, sin duda. Pero los datos preliminares sobre la fortuna que amasó Maduro mientras humillaba y escupía a su propio pueblo también harán parte de ese relato de vergüenza y abusos.

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