
Hay imágenes que no se van de la memoria.
Era 2017. No supe sus nombres ni recuerdo sus caras, pero todavía imagino sus historias, sus motivos.
Uno era un joven, de unos 26 años, que caminaba solo antes de llegar a la Nariz del Diablo, en el Tolima. Llevaba un morral a cuestas y, dentro, su mascota, un perro criollo, blanco, de orejas amarillas.
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