
Tarde en la noche, hago scroll infinito de videos de animales. Me encantan. Y, como el algoritmo no falla, me llegan más. Y más. Algunos hermosos. Otros, tremendos, como de película de terror. Los que más me han impactado son los de animales enjaulados por la industria alimentaria. Dentro de esos, los más difíciles de ver son los de gallinas.
Se ven tristes y enfermas. Sin plumas. Con heridas supurantes. Arriba de ellas, otras gallinas; abajo, aún más. Jaulas apiladas unas sobre otras. Cada gallina haciendo sus necesidades sobre las que están más abajo. Se picotean con las vecinas por estrés. Tienen las patas destruidas por las rejas. No pueden extender las alas: las jaulas son del tamaño de una hoja tamaño carta. De esas gallinas vienen los huevos que comemos cada mañana.
En un mundo en el que la vida humana parece no importar demasiado, algunos podrán pensar que detenerse en estas escenas es absurdo o irrelevante. Pero si miramos de cerca la crueldad que implican ciertos procesos para producir los alimentos que consumimos, quizá entendamos algo más profundo: la indiferencia frente a la vida y la muerte empieza cuando dejamos de cuestionar el origen de lo que ponemos en el plato.
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