
Antes de aprender a escribir pintaba garabatos sobre las páginas de los periódicos y me gustaba jugar con ellos de muchas formas. Nunca aprendí a hacer aviones o barquitos de papel, pero sí guardo la certeza de que inventaba muchas cosas con las diferentes páginas de aquellos periódicos y revistas. Tengo un remoto recuerdo de haber leído de corrido por primera vez con los titulares de algunas noticias y secciones de los dos principales diarios de Bogotá: El Tiempo y El Espectador. El primero tenía una sección en la segunda página que se llamaba ‘Cosas del día’ y hoy esas palabras llegan a mi memoria como las precursoras con las que tuve conciencia de haber leído sin deletrear. También disfrutaba las tareas del colegio que consistían en hacer recortes de los diarios para armar collages y exposiciones sobre distintos temas. Esa era la cotidianidad de la infancia, que además de estar animada por la presencia de libros y escritores en la casa, tuvo al igual que muchos niños y niñas de mi generación, tareas de última hora en la noche de un domingo en el que había que salir de urgencia a una papelería a conseguir cartulinas, marcadores de colores, reglas y escuadras para armar resúmenes de periodos históricos, la fotosíntesis, el sistema solar o copiar las biografías de los matemáticos que venían al inicio de cada capítulo de la aritmética, geometría y álgebra del cubano Aurelio Baldor. Para todos esos temas, los recortes de prensa funcionaban a la perfección en aquel tiempo antiguo anterior al internet y al power point.
Y así de alguna manera, recortando noticias, fotos, titulares y jugando con esos fragmentos en pliegos de cartulina es que fui descubriendo la flexibilidad de las palabras que poco a poco me fueron conduciendo a la poesía. De igual forma vi en muchas ocasiones a mi papá ejercer el periodismo y la reportería y me quedé dormido numerosas noches mientras él trascribía las entrevistas que le hacía a escritores, intelectuales y figuras públicas del momento. Así, entre el play, stop y rewind de la pequeña grabadora y el tecleo de la máquina de escribir transcurrieron muchos instantes felices de la infancia. Mi padre tenía también una columna semanal en el suplemento ‘Lecturas dominicales’, de El Tiempo, llamada ‘Libros colombianos’, donde reseñaba las novedades bibliográficas del país. Me daba ilusión acompañarlo a la sede del periódico donde le dejaban en un casillero los libros que llegaban de diferentes regiones del país y de las distintas editoriales. Por un momento alcanzaba a percibir el vértigo de la sala de redacción, los afanes y la tensión de los reporteros y periodistas en cada uno de sus cubículos.
Y como los niños muchas veces imitamos lo que hacen nuestros padres, inventé mi periódico con hojas de papel bond, letras de molde llamadas Letra Set (donde conocí algunas de las fuentes tipográficas que todavía me siguen emocionando) y recortando imágenes no solo de los diarios que mencioné sino de algunas revistas como Cromos, Nueva Frontera y Consigna, además de los suplementos literarios y de tiras cómicas que venían los domingos insertos en los principales periódicos del país. Mis periódicos se llamaban Brújula y La Hora y de alguna forma buscaban calcar lo que más me gustaba de aquellos diarios que llegaban a casa y el fascinante universo del periodismo que encarnaban en la ficción, por ejemplo, Clark Kent en el Daily Planet con su colega y heroína Louise Lane y el fotógrafo Jimmy Olsen, quienes, con Tintín y el fotorreportero Peter Parker, alimentaron en la infancia el sueño de ser periodista. Otro diario del mundo de la niñez era El Hocicón –‘Diario pobre pero honrado’– que el genial Pepo introdujo al universo de su personaje Condorito, así como Roberto Gómez Bolaños tuvo en su repertorio al torpe reportero del diario La chicharra, Vicente Chambón. Pero en el fondo era una manera de homenajear el oficio de mi padre y de sus cercanos amigos que habían optado por el periodismo como una forma digna de ganarse la vida a la par de la literatura.
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