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Jaime Honorio González

Rezar, morir, rezar

Pudo ser cualquiera de nosotros. Cualquiera que tenga un hijo, un hijo pequeño, un hijo pequeño que —de pronto— se enferma y hay que salir corriendo a llevarlo al médico. Nos ha pasado a casi todos.

Un profesor universitario sale volando a la clínica con su mujer. Su hijo de diez años está malito. Hay que ir, es mejor prevenir. Es enero, las calles de la gran ciudad comienzan a ocuparse aunque —a esa hora— están casi vacías. Es de noche. Hace frío. Está oscuro. De todas formas, hay que ir.

(Imagino que así fue porque a mí también me ha pasado).

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