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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Se acostó como dictador y amaneció como reo

Durante los años en que Maduro ejerció el poder, no lo hizo únicamente desde el abuso y la destrucción de las instituciones —cada vez más vacías y despojadas de propósitos democráticos— sino desde una puesta en escena cuidadosamente diseñada y sostenida. Él se declaró muchas veces “hijo de Chávez”, y en cierta forma sí lo era. Más bien era un extraño injerto de Chávez y Fidel: uniformes, micrófonos, espadas de la independencia, banderas, insignias y medallas, trajes militares, escudos, citas de próceres, ostentación y reivindicación grosera de su ignorancia, manoseo obsceno de la memoria de Bolívar, discursos eternos y erráticos en cadenas nacionales, gestos burlones, insultos, coreografías y —claro— los desafíos verbales al ‘imperio’ que no pueden faltar. El poder, en su caso, también estuvo atado a la actuación. No bastaba con mandar: tenía que representar un personaje que se ajustara al perfil del líder que funciona para este tipo de gobiernos, los de los dictadores tropicales. 

Por eso, las imágenes divulgadas después de su captura en Caracas no deben leerse solamente como el desarrollo de un hecho judicial o geopolítico de muy alto impacto. La consecuencia más profunda no es la detención del hombre, sino la desactivación definitiva del grotesco personaje que construyó para su rol de dictador. La transformación es brutal:  en cuestión de pocas horas pasó de ser el actor central del poder en Venezuela a habitar su propio cuerpo —grande y aparatoso— administrado por un procedimiento de gendarmes que no controla.

Hace solamente algunas horas era el dictador omnipresente, retador, insolente, dueño y administrador de la palabra. Hoy vive lo contrario: en silencio obligado, movimientos vigilados y todos sus gestos limitados y condicionados por sus guardias y especialmente por su nueva condición de reo. No solamente es una humillación personal. Es básicamente el despojo absoluto de su poder político. 

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