
La violencia política contra las mujeres no distingue ideologías, banderas ni partidos. Ocurre en todos los escenarios y es utilizada —con mayor frecuencia— en época electoral con el fin de deslegitimar su discurso femenino y su presencia en la contienda. Esta semana, Julio César González, más conocido como Matador, publicó una caricatura en la que se burlaba del aspecto físico de la senadora Paloma Valencia, acudiendo estereotipos de género sobre su cuerpo.
Matador ya había dejado ver en sus caricaturas su misoginia, machismo e incluso transfobia. Hoy no es un simple caricaturista: es candidato al Senado en la lista del Pacto Histórico, el partido del presidente que se hizo elegir con la promesa de erradicar este tipo de violencias. Hay que repetirlo cuantas veces sea necesario, porque en cada campaña este discurso se reactiva como herramienta para ganar votos, mientras en sus listas siguen nombres como el de González.
Históricamente, a las mujeres nos han fiscalizado, medido y juzgado por nuestros cuerpos antes que por nuestras ideas. Lo que hace el candidato no es libertad de expresión ni pedagogía, como vergonzosamente argumentó en una entrevista con Caracol Radio: es pobreza mental e incapacidad para debatir con ideas.
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