
Pocas iniciativas son tan nobles y necesarias como llevar agua a los niños de La Guajira. Según datos del Dane, en 2024 este fue el quinto departamento con la tasa de mortalidad en menores de un año más alta del país: 19,6 por cada 1.000 nacidos vivos, cifra que es casi el doble del promedio nacional.
Por eso el cacareado proyecto del actual Gobierno de llevar agua en carrotanques a las comunidades guajiras pegó en todo el país. Voceros como Sneyder Pinilla vendieron sus bondades con tal convicción que más de uno terminó pensando: ¿cómo no se le había ocurrido a alguien antes?
Sin embargo, quienes conocen la región y las exigencias sanitarias desde un principio advirtieron lo fútil de la iniciativa. En La Guajira no es llevar pequeñas cantidades de agua, sino tener de dónde sacarla de manera estable y garantizar un suministro continuo. Un carrotanque depende de puntos de abastecimiento que muchas veces no existen o no dan abasto; y, cuando existen, obligan a recorrer distancias largas por trochas y calor, con costos que terminan haciendo inviable la operación. Se entregan los litros que caben en el tanque y hay que volver a llenarlo. A esto hay que sumarle el riesgo sanitario en el transporte del agua. En resumen, se vendió como una solución de fondo lo que, en el mejor de los casos, apenas servía como medida de emergencia.
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