
Era mi mejor fecha. Incluso, muchos años superaba la del cumpleaños. Me llamaba a primera hora para felicitarme e invariablemente invitarme a almorzar. Donde yo quisiera. Y siempre fueron inolvidables y opíparas comilonas, mojadas en vino que yo escogía, con entradas que yo seleccionaba, con postre y tinto. Y, por supuesto, un bajativo que yo decidía. Siempre fue así. Excepto porque algunas veces no fue almuerzo. Era cena. Porque yo lo decidía.
Y cada tarde la separaba para mí. Fui testigo de los reclamos que recibió por su posición respecto a esa fecha. Me parece que fue —incluso— más sagrada para ella que para mí.
Varios 9 de febrero caminamos juntos en busca de algún regalo que se empeñaba en darme, orientada por información que —supe después— recogía con anticipación y paciencia. La camisa blanca con las especificaciones precisas, los zapatos del diseño que sólo yo conocía, la imposible de conseguir libreta de apuntes, el jean de la única marca que me sirve, en fin, una sarta de caprichos anuales que a ella se le convertían en una suerte de reto y que —sin misterio alguno— sorteaba con una tranquilidad pasmosa.
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