Al narcotraficante Juan Santiago Gallón Henao lo mataron lejos de Antioquia, lejos de Guacharacas, lejos del nordeste que ayudó a armar. Murió en México el pasado 4 de febrero y su muerte no cierra una historia. La confirma. Porque cuando un hombre con ese prontuario, con esa trayectoria y con esos vínculos cae asesinado, lo que desaparece no es un capítulo aislado sino una pieza clave de una estructura que el país nunca terminó de examinar completamente.
Gallón Henao no era un actor periférico de la violencia colombiana. Fue condenado como autor intelectual del asesinato del futbolista Andrés Escobar en 1994, crimen que marcó una época en la que el narcotráfico no solo infiltraba instituciones, sino que imponía muerte como castigo simbólico. Ese episodio lo convirtió en un villano nacional, pero su historia no empezó ni terminó allí; apenas comenzaba una secuencia menos visible y mucho más estructural.
Dos años después, en julio de 1996, cuando aún pesaba sobre él la sombra de ese crimen, la empresa Ganados del Norte SA, controlada por Juan Santiago y su hermano Pedro David Gallón Henao, compró a Uribe Vélez Asociados Ltda. la mitad de la hacienda Guacharacas, en Antioquia.
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