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Federico Díaz Granados

Fin de fiesta

No hace mucho escuchaba la canción Fin de fiesta, de Kevín Johansen, a propósito de las pérdidas, las clausuras y los finales, pocas veces felices, de las relaciones humanas. Esa música habla del momento en que la gente se va, de la incomodidad del adiós, de la memoria que se resiste a borrar las fotografías. De alguna forma, la vida es una inmensa fiesta que tiene un final cuando hay que recoger los regueros, abrir las cortinas y ventanas, barrer los desastres y empezar de nuevo todo.

Hace cincuenta años fue el fin de fiesta de una gran parranda que fue el Boom latinoamericano. En el libro Las cartas del Boom, los compiladores y curadores de esta inmensa correspondencia entre Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes tomaron la decisión de dividir el volumen en dos partes: Pachanga de compadres y Fin de fiesta, para lograr una cronología del nacimiento, el entusiasmo, la consolidación y el final del Boom o, al menos, el distanciamiento entre sus dos máximas figuras.

El 12 de febrero de 1976, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, antes del preestreno del documental La odisea de los Andes, García Márquez se acercó a saludar a su viejo amigo y compadre Mario Vargas Llosa. “Mario”, exclamó Gabo. La respuesta fue un fulminante puñetazo acompañado de una frase. “Esto es por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”. Lo demás es historia. Elena Poniatowska corrió a comprar un filete de carne cruda para ponerlo sobre el ojo morado. Ese fue el fin de fiesta. Si bien desde el caso Padilla, en 1971, algo se había resquebrajado en aquella amistad breve pero intensa, hace cinco décadas ese golpe selló el quiebre definitivo. 

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