
Hay una escena que regresa a mi memoria como si fuera una foto principal de un viejo álbum familiar y es la de un hijo, Alexander Kerner, que intenta reconstruir en 70 metros cuadrados una patria que ya se derrumbó afuera. No es solo un gesto de afecto hacia su madre sino un acto político a través de una puesta en escena íntima y llena de amor. En Good Bye Lenin el socialismo cabe en un apartamento como si la historia solo dependiera de objetos, latas, carteles, rituales mínimos y antiguos frascos de pepinos. A veces pienso que nuestra relación con la utopía se parece a ese pequeño apartamento que lo cuidamos, ventilamos y le cambiamos las cortinas pero que sabemos que está en ruinas y que el mundo, allá afuera, ya cambió de idioma y de promesas. Quizás esa es la poética central de esta conmovedora película, la de intentar no solo armar un país dentro de una casa sino la de hacer funcionar ese país a la perfección adentro mientras afuera ya se ha derrumbado. Por eso para los hijos de la utopía la vida ha sido armar y desarmar esos metros cuadrados y seguir soñando a pesar de los constantes fracasos y de inmensas promesas incumplidas. Esas herencias ambiguas configuraron el carácter de una generación que ahora mira con nostalgia y también con pragmatismo el presente del mundo.
A propósito de esto recuerdo una charla que tuve la alegría de moderar hace unos años con las autoras Lawrence Debray, Karina Sainz Borgo y Wendy Guerra sobre el tema de “Las hijas de la revolución” con motivo de la aparición de algunos libros de ellas que fueron presentados en el marco de una FILBO. Allí cada una narró su experiencia personal y la forma en la que sus infancias estuvieron marcadas por unos padres que creyeron y fueron fieles a unas ideas, unas luchas y unos sacrificios. Por ejemplo, Lawrence Debray nos habló desde la mirada de una niña que fue criada por sus abuelos de la burguesía francesa mientras sus padres estaban en América Latina haciendo la revolución. Ella describe una infancia hecha de soledad y de grandes heridas de abandono que tuvo que sortear con el mito y la leyenda. Debray se entera por un compañero de la escuela que su padre, Regis Debray, estuvo preso y que fue perseguido. En este caso la utopía estaba en una habitación cerrada con llave y la joven Lawrence buscaba su identidad por contraste y pone un retrato del rey de España en su cuarto, no porque sea monárquica sino porque necesitaba un héroe propio, lejano a las ideas de sus padres así fuera en un altar ajeno. Al final termina escribiendo una biografía del rey mientras su padre escribía un libro para explicarle a su hija la República.
Por su parte la escritora cubana Wendy Guerra no hablaba de “hogar revolucionario” sino de un orfanato donde la revolución ocupa el lugar de los cumpleaños, aniversarios, los juguetes y las fotos. “Una consigna podía más que un sentimiento” nos recordó aquella tarde mientras en su memoria desfilaban nombres y siglas, ropa de guerrilla y visitas ilustres. La utopía, cuando se vuelve dogma tiende a considerar la ternura como un lujo burgués. Y una niña sin ternura aprende pronto la gramática del abandono. De igual forma a lo largo de su obra hace énfasis en la imposibilidad de revisar los mitos sin pagar un precio. Por eso escogió el “inxilio”, aquella forma de estar afuera estando dentro donde convivió con muchos de sus compañeros de generación, llamados “Los hijos de Guillermo Tell” por aquella canción popular de Carlos Varela que se convirtió en un himno colectivo en pleno “Periodo especial” de los años noventa.
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