
En el noveno y último círculo del infierno están los traidores. Dante Alighieri lo describe en La Divina Comedia como un lugar gélido —una especie de infierno nórdico— en el que se destaca un enorme lago donde yacen congelados, entre muchos, quienes han traicionado a la patria o un partido político. La traición, por regla general, viene desde dentro. El expresidente ecuatoriano Rafael Correa, amigo entrañable de Gustavo Petro, fue traicionado por su sucesor: Lenin Moreno. Iván Cepeda, por su coherencia y trayectoria política, es el único aspirante a la Presidencia de Colombia, Viejo Topo, que guardaría lealtad a Petro. Tengo dudas de otros aspirantes.
Peter Musch, un traductor y amigo austriaco, me dijo —mientras recorríamos en bicicleta la región sureña de su país— que si una persona quería enterarse de lo ocurrido en el mundo cinco años atrás, podía saberlo comprando en un kiosco de Viena el periódico del día. Los austriacos, agregó, vivimos la realidad con años de retraso. Algo parecido está ocurriendo con Roy Barreras. La lectura de la realidad colombiana que hace junto a sus costosísimos asesores es obsoleta. Roy quedó “petrificado”. Sigue viviendo en el 2022, cuando los operadores políticos ejecutaron un papel relevante para el triunfo del progresismo.
Cuatro años después, las tornas han cambiado: la izquierda en todas sus vertientes, junto con el llamado “progresismo social”, se ha convertido en la principal fuerza política de Colombia. Mientras tanto, el arquetipo del operador político parece encontrarse en bancarrota —como en los casos de Andrés Pastrana y César Gaviria— o sobrevive mediante estrategias de resistencia y sabotaje —como Vargas Lleras y Álvaro Uribe—, apoyándose en alfiles empotrados en instituciones del Estado, como las Altas Cortes y el Consejo Nacional Electoral, así como en gremios empresariales como la ANDI y Fenalco. El declive del operador político tradicional lo muestran las variopintas encuestas. En su mayoría no pintan nada de cara a los electores, aunque sigan insistiendo en sus avasallantes y horrendas vallas publicitarias instaladas sobre las avenidas o contratando carísimas estrategias de marketing, incapaces de seducir a un electorado con neuronas políticas repotenciadas. No hay manera de maquillar un historial de desgobiernos contra la mayoría de colombianos.
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