
Lo que ha pasado con las idas y venidas del incremento del 23 por ciento en el salario mínimo es una verdadera tragicomedia: el Gobierno decreta un aumento arbitrario que recoge votos pero genera muchas reacciones en contra; el Consejo de Estado suspende el decreto y ordena que se modifique; los que se oponían al aumento ahora lo defienden y el Gobierno expide un nuevo decreto en que mantiene el mismo aumento. Al final se vuelve a comprobar que seguimos la vieja tradición de la época colonial según la cual la ley se obedece, pero no se cumple. La tragicomedia tiene cuatro actos y un epílogo.
La puesta en escena
Primer acto: en la comisión de concertación del salario mínimo no hay acuerdo porque los empresarios ofrecen un aumento del 7.5 por ciento, los sindicatos piden el 16 por ciento y el Gobierno, que debería ser el mediador que acerque posiciones, decreta un sorpresivo aumento del 23 por ciento, buscando votos para su campaña electoral. Los gremios, los políticos y los medios se rasgan las vestiduras y claman que va a ser un desastre para la economía por su impacto en la inflación y el desempleo.
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