
El 23 de enero de 2026, mientras tomaba el vuelo 8508, que cubriría la ruta Bogotá-Montería, un auxiliar de cabina me hizo una pregunta que me sorprendió. Una pregunta extraña por venir de alguien vinculado a la industria del viaje, pero profundamente humana.
Como fui uno de los primeros en ser llamado para abordar, el pasillo estaba vacío. Para no interrumpir mi paso, el joven auxiliar se corrió hacia una de las filas y me dio la bienvenida.
Un auxiliar de vuelo es alguien de uniforme y horarios, una persona entrenada para la cordialidad, pero a veces, incluso más de lo que me gustaría ver, formada para ocultar las emociones por aquello de proteger siempre el control en la cabina, y de tranquilizar a los nerviosos, quizás; un autómata del protocolo.
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