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Rodrigo Botero
Puntos de vista

Zonificación ambiental, más que carreta tendenciosa

La zonificación ambiental colombiana no es un capricho, ni un ejercicio teórico desde “las oficinas de Bogotá” y mucho menos algo distante del territorio y de sus comunidades bajo la dictadura del satélite. Se ha puesto en boga una serie de narrativas según las cuales la regulación del uso del suelo “ya no es vinculante ni legitima” y, por tanto, la nueva definición de usos del suelo sólo se “construye en el territorio”, con lo cual algunas verdades parciales construyen una peligrosa práctica que esta incrementado los conflictos no solo ambientales, sino más aun, los riesgos de desastres naturales y la seguridad climática nacional y sus implicaciones sobre poblaciones, especialmente las más vulnerables. El negacionismo viene desde diferentes frentes, incluyendo el que se abroga la legitimidad social y el libertario arrasador.

Colombia ha desarrollado un minucioso ejercicio de conocimiento de su geografía, una de las más complejas del planeta por la confluencia de biomas tan contrastantes como el andén Pacífico y las cordilleras, la planicie caribeña, las sabanas del Orinoco y la planicie amazónica. Cada uno de los cuales está influenciado de manera diferente por su meteorología, geogénesis, hidrología, vegetación, geomorfología y pisos térmicos diferenciados, adicional a estar situados en el cinturón tropical ecuatorial. Este desarrollo del conocimiento geográfico ha llevado a que el país haya sido el líder latinoamericano de las ciencias del suelo (de lo cual hay evidencia en decenas de profesionales que hoy dirigen los procesos de zonificación en el continente), apoyado principalmente por el Instituto Internacional de Ciencias de la Geoinformación y Observación de la Tierra de Holanda (ITC), cuyos principales exponentes son hoy profesores y directores de Institutos, facultades, organizaciones y agencias gubernamentales y civiles en todo el país.

Los procesos de zonificación han tenido también un largo periodo evolutivo y contradicciones de fondo que vale la pena mencionar. Desde el sistema de clasificación de suelos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, que proponía las ocho clases agrologicas donde se privilegiaban los suelos mecanizables, planos y fértiles para la agricultura (Clase I) y aquellos que por relieves de difícil mecanización, afloramientos rocosos o de drenaje lento, se dejaban para conservación (Clase VIII), lo cual reflejaba una visión de la agricultura industrial de la “revolución verde” y el desprecio por los paisajes de conservación, según los cuales solo podrían ser aquellos que la agricultura no pudiera transformar. Luego pasaron los tiempos de los sistemas de evaluación de tierras de la FAO hasta llegar la ecología del paisaje y la fisiografía, donde el concepto de aptitud del suelo se transforma en características del paisaje. Es decir, del antropocentrismo que predefinía lo que es aptitud, pasamos a un modelo más balanceado, donde el paisaje (biocultural) expresa unas características, y sobre ello, se definen los potenciales usos.

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