
Hemos dicho que hoy hay cientos de kilómetros de selva que se están tumbando con grandes máquinas, y que a lado y lado de las trochas se abren tremendos lotes de pastos para entrar ganado. Lo que está sucediendo en La Macarena, en el bajo Caguán y en Calamar, es la manifestación clara del fracaso de la política del Estado colombiano contra la deforestación en el último siglo.
Da mucha rabia observar cómo le cuesta tanto a un país tomar decisiones de fondo con problemas sobrediagnosticados y crecientes. Desde la semana pasada —como casi todos los años en esta época— estoy cacareando que hay miles de hectáreas de bosques deforestados en el suelo, que las van a quemar, que estamos en un pico de alta temperatura en el oriente y una pausa en las lluvias (o le sigo diciendo verano, pero los técnicos le dicen “época de menos lluvias”). Los incendios se dan porque los bosques han sido tumbados. Los de las sabanas van en otro costal y, más aún, las chagras o conucos.
También he contado cómo hay decenas de iniciativas, unas apoyadas por los gobiernos y otras por la cooperación internacional, donde comunidades enteras han iniciado sus proyectos de restauración en los que se combinan áreas donde crecen los rastrojos, se enriquecen los bosques con especies de interés comercial, se incorporan especies pioneras que sirven para jalonar la sucesión vegetal, como también se hacen encierros para que el ganado no entre y la vegetación se recupere. Mucha de esta restauración se hace también sobre zonas donde se requiere hacer crecer el bosque para retener humedad superficial y regular los flujos hídricos para acueductos veredales y municipales. Por eso da tanta rabia ver cuando los que meten candela para ampliar sus potreros en las tierras de bosques públicos, pues ni siquiera un elemento básico de la vida como el agua entra en su racionalidad para tomar esa decisión.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios















