
Hay efemérides y, en especial, algunos centenarios que no son conmemoraciones sino regresos a festejar la memoria y los legados. Mi calendario de afectos y gratitudes está lleno de señales y marcas de mis poetas más cercanos y aprovecho estos pretextos para regresar a ellos como quien retorna a una casa segura. Hace apenas unos días se cumplieron cien años del nacimiento de dos poetas que fueron fundamentales en mi formación literaria y afectiva y quienes escribieron desde el punto exacto donde la vida duele y se asombra. Jaime Sabines y Rogelio Echavarría son dos voces distintas pero que habitaron su siglo de certezas y nos dejaron sus maneras de respirar y contemplar el mundo.
Ambos me emocionaron en distintos momentos y los releo con el mismo entusiasmo de la primera vez. Aquella mítica lectura de Sabines en Bellas Artes ya es un monumento cultural de mi generación. La imagen del poeta sentado y leyendo desde las páginas de su libro algunos de sus memorables poemas que eran coreados por una multitud como si se tratara de un cantante de rock es un ícono de mi tiempo. Por su parte, pocas veces se ha visto en la poesía colombiana que un libro, El transeúnte, tuviera tantas reediciones y se convirtiera desde su aparición en 1964 en un clásico de nuestras letras. Rogelio además fue un destacado reseñista y antologista donde con gran generosidad mostró los rasgos y detalles de los distintos grupos, escuelas y generaciones de la poesía nacional.
El día exacto del centenario grabé un mensaje para mis amigos en el que leí uno de los primeros poemas de Sabines: Lento, amargo animal, en el que el poeta se nombra a sí mismo desde una conciencia primitiva, casi mineral, como si el ser humano aún estuviera naciendo: “Lento, amargo animal / que soy, que he sido, / amargo desde el nudo de polvo y agua y viento / que en la primera generación del hombre pedía a Dios”. También leí ese día en voz alta su clásico Los amorosos, que sigue definiendo el amor de una manera original que funda una mirada desde nuestro idioma: “Los amorosos callan. / El amor es el silencio más fino, / el más tembloroso, el más insoportable”. El amor no es plenitud sino búsqueda perpetua. Los amorosos no encuentran y viven en un estado de extranjería constante, como si el amor fuera siempre una promesa que se aplaza y una prórroga infinita. Y sin embargo persisten porque amar también es aceptar esa condena luminosa. Algo que ratifica en el poema No es que muera de amor donde Sabines lleva esta intuición al límite. El amor deja de ser un sentimiento para convertirse en una forma de la muerte: “No es que muera de amor, muero de ti. / Muero de ti, amor, de amor de ti, / de urgencia mía de mi piel de ti”.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios















