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Yezid Arteta Dávila

La ruta de los votos

“Justo lo que ellos planearon para hacernos iguales a las abejas. Una colmena muerta, fragmentada en un billón de direcciones, sin poder volver a casa”, dice Teddy a su primo autista en Bugonia, el filme dirigido por el griego Yorgos Lanthimos —autor de Pobres criaturas— cuando están preparando una disparatada acción contra la CEO de una corporación farmacéutica. La película, nominada a cuatro Oscar, es una comedia negra tipo Fargo, de los hermanos Coen, que tiene como protagonistas a dos lunáticos enfrentados a la crueldad corporativa y la manipulación social, dos señas que identifican a la extrema derecha colombiana que habrá que derrotar en las urnas el próximo 31 de mayo. Sin paliativos y en primera vuelta.

Tú, Viejo Topo, a diferencia de los lunáticos de Bugonia, vives en la ardiente realidad. No haces parte de una colmena muerta y dividida. Los comicios del pasado 8 de marzo pusieron en negro sobre blanco una verdad política incuestionable: el Pacto Histórico es la fuerza política más potente, saludable, organizada y disciplinada de Colombia. Este trofeo hay que reclamarlo. Los terribles “años de plomo” contribuyeron a que sus militantes y seguidores ganaran en disciplina. La izquierda colombiana es un referente entre sus pares del mundo occidental, más aún en este confuso tiempo en que se frivoliza el fascismo y el asesinato en masa. El partido de gobierno, liderado por Petro, duplicó sus guarismos. Hay pocos registros en el mundo actual en que esto suceda. La regla es que el partido que gobierna pierde musculatura y electores. En Colombia está ocurriendo lo contrario. 

Mientras los alfiles de la derecha van de salida, los de la izquierda están llegando. El 8 de marzo hubo un primer despioje. Los electores eliminaron a los imbéciles como Polo Polo; a los voltiarepas, malhablados y charlatanes que instigan a la violencia, asimismo a los empresarios fanáticos que se ríen de los pobres e inventan contra el Gobierno mientras se forran de plata con la venta de bienes producidos en Asia. El voto está migrando hacia lo popular. El pedigrí o el abolengo del que se jactan Paloma Valencia y De La Espriella son valores obsoletos que sólo interesan a un puñado de cotillas de cámara y micrófono. Los votos no están en los clubes privados, en las cámaras de comercio o en las asociaciones de militares retirados que siguen chapoteando en el melancólico lodo de la Guerra Fría.

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