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Maurice Armitage

La verdad no le ha hecho daño a nadie

El pasado miércoles 11 de marzo, faltando pocos minutos para las 7:00 de la noche, mi equipo envió los documentos que exigía la Registraduría Nacional para poder inscribirme como candidato al día siguiente. No lo hicimos antes, pues estábamos esperando a que el Consejo de Estado entregara el certificado que acreditaba que yo reunía todos los requisitos para ejercer como presidente de la República. Al parecer la Sala de Consulta y Servicio Civil estaba colapsada con muchos trámites, de manera que a sus funcionarios no les quedó más remedio que adelantar una sesión exprés para expedir los certificados de más de quince candidatos, incluyéndome.

Una vez aseguré el turno de mi inscripción, hicimos un balance. En trece meses habíamos grabado y publicado cerca de 150 videos que suman más de 136 000 000 de visualizaciones. Y eso, en el fondo, fue lo que hizo que llegara hasta ese punto: lo que había empezado como una iniciativa personal de promover la valoración del ser humano y la distribución del ingreso para consolidar empresas productivas y generarle más oportunidades a la gente, terminó por volverme presidenciable.

Asumí ese reto con un objetivo: llegar a la presidencia para trabajar por los más sobados a una escala mayor, pues ya lo había hecho como empresario y como alcalde de Cali. Siempre he creído que uno debe ser responsable con lo que la vida le ha dado. Y a mí la vida me ha dado mucho. Entonces siento que tengo la obligación moral de dedicar lo que me queda de vida a ayudar a cambiar este país.

Así fue que empezaron a llamarme para entrevistas, foros, debates y pódcast. Mi radio de acción se amplió y comencé a salir en algunas encuestas. Luego me buscaron partidos políticos para avalarme y candidatos para invitarme a participar en sus consultas. Toda esta exposición política y mediática la asumí con la misma seriedad que he asumido todo en mi vida, pero con los pies en la tierra y sin perder de vista lo más importante: que no hay felicidad más grande que ayudar al otro, algo que creo haber transmitido a través de mis videos en los últimos meses.

Hasta esa noche del miércoles 11 de marzo en el que decidí declinar mi aspiración al ver la cantidad de personas que nos íbamos a inscribir. No tenía sentido fragmentar aún más la votación de la primera vuelta con mi participación, a pesar de que nunca me preocupé por los votos que fuera a sacar: siempre he creído que si uno es buena persona y actúa correctamente, le va bien. Y si no lograba los suficientes, eso no significaría fallar como ser humano. Entonces a las 7:30 de la noche llamamos al funcionario de la Registraduría que ya había recibido mis documentos para tramitar mi inscripción, y le pedimos que no lo hiciera. Que me retiraba.

A la mañana siguiente publiqué en mis redes sociales una carta firmada con mi puño y letra donde comunicaba públicamente mi decisión. Desde ese día, mucha gente me ha preguntado que a quién voy a apoyar. Tengo que ser sincero con mi respuesta: no respaldaré políticamente a nadie. No voy a entrar en esa polarización electoral que tanto daño le ha hecho a nuestra sociedad. Pero lo que sí haré es apoyar los principios en los que creo: la bondad, la capacidad de ponerse en los zapatos del otro, el trabajo duro, el éxito compartido y la legalidad. Las elecciones presidenciales no se pueden tratar sobre la izquierda y la derecha; deben tratarse sobre el ser humano.

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