En las últimas semanas hemos visto muchos pecados. Demasiados.
Incluso quienes no creemos en ninguno de los dioses que otros dicen seguir, adorar y respetar sabemos reconocer un pecado cuando lo vemos.
Por estos días, el mundo pudo contar, al menos, 168 pecados:
168 niñas iraníes de una escuela primaria que fueron asesinadas cuando bombardearon el plantel, no una, sino varias veces.
Ya no sorprende que la cara de estos pecados sea la de Donald Trump.
Y, a su lado –o por encima, para decir toda la verdad–, la faz de otro igualmente despreciable: Benjamín Netanyahu. El mismo a quien los congresistas (¿o debería decir congre-sionistas?) norteamericanos ovacionaron de pie durante varios minutos. A él, el pecador de pecadores.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios
















