
La escena es inolvidable. Ocurrió en mayo de 1994 cuando, en pleno debate en directo entre los dos candidatos de la política tradicional de Colombia, Ernesto Samper y Andrés Pastrana, se coló, muy sonriente, Antonio Navarro Wolff. Los organizadores estaban indignados por lo que consideraron un acto de mala educación o un sabotaje, auspiciado por el sindicato de Inravisión, pues fueron los técnicos quienes le abrieron las puertas al intruso. Los periodistas-directivos de QAP y CM& habían decidido excluir a Navarro porque, según ellos, no era un candidato viable, y eso que estaba por encima del 10 por ciento en las encuestas; preferían un cara a cara entre los dos verdaderos contendores.
El argumento era inaceptable. Colombia pretendía dejar atrás el cerrado bipartidismo y, en plena apertura democrática, la izquierda aspiraba a presentar sus ideas en igualdad de condiciones. Además, eran las primeras elecciones con segunda vuelta, lo que ampliaba el espectro de opciones en la primera. Con el tiempo, la proliferación de candidaturas hizo imposible invitar a todos y se impusieron criterios de selección.
Aquella anécdota gravita en mi memoria como evidencia de lo difícil que resulta poner en práctica un valor fundamental de la Constitución de 1991: el pluralismo.
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