
Me parte el corazón lo que pasa en Ecuador. Este era el secreto mejor guardado de América del Sur. En mis viajes como reportera a Putumayo o Nariño, encontraba que nuestro lado de frontera estaba inundado de coca y de fusiles, mientras del lado ecuatoriano había escuelas, carreteras asfaltadas e inmensos cultivos de cacao y palma. Quito era una ciudad apacible y la costa Pacífica contrastaba con la nuestra. Algo iba de Buenaventura a Guayaquil en asuntos sociales. Por no hablar de la industria pesquera que hace dos décadas salía en estampida de Tumaco para instalarse en la costa ecuatoriana.
En términos de violencia, nuestro vecino era un oasis. En los noventa, cuando Colombia tenía una tasa de sesenta homicidios por cien mil habitantes, en Ecuador había siete. En los primeros años de este siglo la violencia fue incrementando, pero algunas políticas sociales contuvieron el crecimiento de las pandillas. A partir de 2017 el deterioro fue galopante. Hoy Colombia tiene 25 homicidios por cien mil habitantes, mientras Ecuador se aproxima a 50. Un salto dramático que explica la angustia del presidente Daniel Noboa.
¿Cómo se produjo este fenómeno? Un informe de International Crisis Group (ICG) titulado ¿Un paraíso perdido? señala que los principales detonantes fueron la dolarización de la economía, que facilitó el lavado de activos, y una red portuaria sobre el Pacífico, altamente permeable al tráfico de cocaína. En algo debió influir el desmonte de la base gringa de Manta sin que hubiese un plan B para monitorear el Océano. A eso se suman el progresivo debilitamiento institucional y una gestión penitenciaria que permitió que las cárceles se convirtieran en centros de mando criminal.
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