
Ya es historia vieja en Colombia que antes de unas elecciones presidenciales las Farc o Eln aumentaban sus ataques para demostrar vigencia, fuerza militar, para presionar diálogos o incluso para obtener mejores condiciones en una mesa de negociación ya instalada. Mal que bien, esas guerrillas —cuando el Eln todavía lo era— escalaban la violencia para enviar un mensaje político, porque sus objetivos eran esencialmente políticos.
Pero ‘Iván Mordisco’ y sus operadores no son las Farc ni el antiguo Eln. El país entero sabe, empezando por los candidatos presidenciales que irán a las elecciones del próximo 31 de mayo, que los disidentes del acuerdo de paz de 2016 son delincuencia organizada dedicada a enriquecerse con las rentas ilegales de la cocaína, la minería ilegal y la extorsión.
Y masacrar 20 colombianos —la mayoría de ellos campesinos inocentes de la vereda La Palma de Cajibío— con una carga explosiva en la vía Cali-Popayán, como lo hicieron las disidencias de ‘Mordisco’ el pasado sábado, no tiene la más mínima oportunidad de ser considerado un mensaje político.
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