
Estuve en Irán hace unos años, cuando aún el régimen gozaba de “buena salud” y no habían comenzado las protestas, pero ya se sentía la inquietud de los jóvenes en el ambiente, y empezaban, tímidamente, a desafiar a la policía de la moral y a sus reglas represivas.
Visité sus bazares laberínticos, donde se venden desde tapetes persas hasta cebollas, pasando por utensilios de cocina, prendas de vestir, adornos para la casa y todo lo que uno necesitaría para la vida diaria. Fui a ciudades maravillosas como Shiraz, la cuna del poeta Hafez y una capital cultural importante en Oriente Medio. Estuve también en Isfahan, que tiene una de las plazas más hermosas del mundo, la de Naqsh-e Jahan. Dormí una noche en el desierto con los Qashqai, una de las tribus nómadas de Irán, que viajan con ovejas y camellos y son responsables de tejer los kilim, esos tapetes lujosos que adornan las casas de los occidentales y que ellos usan para enjalmar sus bestias de carga para sentarse en las arenas ardientes o para cubrir sus carpas en las noches heladas.
También visité los templos zoroastrianos, los barrios armenios y las ruinas de Persépolis, la mítica ciudad que gobernaba Darío III y que cayó a manos de Alejandro Magno en el 300 a.C.
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