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Marta Ruiz
Puntos de vista

El flanco débil del Centro

Cuando la mitad del país está en la agenda de la justicia social, el Centro se hunde aferrado a la idea de la movilidad. 

A los colombianos nos encantan las historias de éxito personal. El joven que salió del barrio y ahora es un profesional exitoso, la mujer que sacó adelante a sus hijos, el desplazado devenido en empresario, el montañero que se corona campeón o el cantante afro que se convierte en estrella. Esos relatos tranquilizan nuestra conciencia. Nos hacen creer que el sistema no está tan mal y que nos da margen de maniobra. Si ellos pudieron, ¿por qué no yo? 

Es la épica de la movilidad social. En palabras del Banco Mundial, esta significa que alguien ha mejorado su nivel de vida si se compara con sus padres. Y por supuesto que en Colombia tenemos muchos avances en esta materia. El propósito de casi todos los gobiernos en el último medio siglo ha sido sacar a la gente de la pobreza para anclarla en la clase media. No quiero demeritar ese logro. No es poca cosa. Pero confundir la movilidad con la justicia social es un autoengaño con algo de picardía. 

Nuestro principal problema (léase bien: principal) es la exclusión social de las mayorías. Aquella marca que viene de nacimiento. El dónde y cómo nacemos determina como se formarán nuestras neuronas y nuestro cuerpo en la primera infancia. Esto influye directamente en nuestras capacidades y nuestro talento. Luego está el tipo de educación que recibimos, que afecta de manera directa el empleo que podremos conseguir, los ingresos que tendremos y, en consecuencia, cómo será nuestra vejez. Con el agravante de que insertarse en los mercados en Colombia depende de las relaciones sociales, que son heredadas. 

Según el ‘Informe sobre Pobreza y Desigualdad del Banco Mundial’, de octubre de 2024, Colombia era el tercer país más desigual del mundo por ingresos, y el primero en América Latina. Y dentro de la OCDE es el más inequitativo. Esta institución considera que la desigualdad en nuestro país es “patrón arraigado y persistente”. Es decir, un sistema duro de vencer.

Otrora la desigualdad era parte del paisaje. No se discutía, porque se asumía como algo natural, una especie de destino trágico. “Salir adelante” se consideraba un reto individual que dependía de la suerte o de la astucia. Eso ha cambiado. Mejor dicho, esa es la conversación pública que ha inaugurado la administración Petro. Con el cambio de agenda política, hoy es más claro que la causa de la desigualdad no es la pereza de unos, sino la mala repartición de los recursos de poder. Y que el Estado debe equilibrar la cancha. No se trata solo de oportunidades, se trata de derechos. 

La movilidad sin justicia redistributiva es una ilusión estadística. Solo un ejemplo: la encuesta de hogares del DANE en 2023 reveló que el 50 por ciento de los jóvenes colombianos han superado el nivel de estudios de sus padres, pero solo el 21 por ciento ha logrado mejores ingresos. Colombia lleva años reduciendo la pobreza monetaria y, al mismo tiempo, manteniendo una de las distribuciones de ingreso más injustas de América Latina. Hay más profesionales…y más contratos basura. Más historias de éxito… y más vidas atrapadas en la precariedad.

Creo que esto explica, en parte, por qué Sergio Fajardo y Claudia López no logran despertar entusiasmo. Ambos siguen fieles, a su manera, al credo del mérito individual. Programas focalizados en los más desfavorecidos, educación como palanca para el progreso, burocracia eficiente y ninguna corrupción. Ampliar la base social de la movilidad, corregir lo que anda mal en el sistema, sin modificar su esencia. 

En las campañas de Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, la desigualdad ni siquiera hace parte del léxico. Para ambos el problema es de mercado y orden. Autoridad, reducción del Estado, estímulos al sector privado. La movilidad es responsabilidad individual. 

Iván Cepeda, por su parte, sigue la lógica de la izquierda clásica: habla de redistribución de la riqueza. Puede que sea una retórica mamerta, pero está conectada con un anhelo, al parecer, mayoritario. Ese es el meollo del debate. Mientras no se toque el sistema fiscal, el mercado laboral, la segregación urbana y la desigualdad territorial, la apuesta por la movilidad seguirá siendo una coartada. 

Al final, sobre esto gravita la campaña presidencial. Y es la razón por la que Iván Cepeda sigue a la cabeza de las encuestas. Porque la diferencia entre la izquierda y el centro, y por supuesto la derecha, no es tanto la Paz Total, la seguridad, el cambio climático o el modo de hacer política, sino la profundidad del cambio social que necesitamos.

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