
Termina la Semana Santa y regreso de un breve viaje en el que coincidieron unos días de descanso, reencuentros con amigos de siempre y compromisos académicos y editoriales. Como todo viaje, el regreso está cargado de nuevas nostalgias y recuerdos que se fijan para siempre en la memoria y la certeza de que algo de uno queda en esos lugares visitados y habitados. Y el regreso trae también una pequeña y sencilla ceremonia del recuerdo: los suvenires. La compra de esos objetos que significan la prueba material de que se estuvo allí y fue inolvidable. Ya hace parte obligatoria de mis viajes certificar esa experiencia con los imanes de nevera, llaveros, algunas tazas, gorras y camisetas de ocasión.
Mi nevera, como muchas neveras de amigos, familiares, colegas y conocidos, se ha convertido con el paso del tiempo en un atlas de la sentimentalidad hecho a la escala exacta del afecto. Cada imán como una suerte de coordenada de las emociones y de lo visto y también como testimonio de alguien que estuvo en alguna ciudad, plaza o monumentos y se acordó de nosotros. Así, poco a poco, la nevera se ha transformado en un museo íntimo y en un mapa del mundo sin fronteras ni aduanas. Todo al alcance de ese abrir y cerrar una puerta varias veces al día.
En esa medida he confirmado que los suvenires también son pequeños bienes culturales cargados de un profundo significado y simbología en el que podemos reconocer muchas formas de narrarnos a nosotros mismos. Las curadurías de esas neveras son como las de quienes organizan bibliotecas personales y que ubican los imanes o los libros con el orden de los caprichos. Me gusta observar la forma en que mis amigos organizan sus bibliotecas y, con el mismo detalle e importancia, mirar la forma en la que ordenan sus imanes en la nevera o los suvenires en las estanterías. Allí están, insisto, los atlas de un mundo conocido, cercano y que puede ser ancho, pero no ajeno.
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