
Estamos en guerra. Pero no en una guerra como la de Irán o el Líbano, donde caen misiles que destruyen edificios. Ni una guerra como la de Ucrania, donde los drones y las trincheras no bastan para detener a las tropas de los ataques a la población civil. Estamos en una guerra de pacotilla. Ruin, baja, vil, estúpida y cada vez más triste, como todas las guerras. Y como en todas, también, los que perdemos somos los ciudadanos.
Las elecciones presidenciales se han vuelto eso, justamente. Una guerra sucia, donde todos buscan encochinar al contendor bien sea por sus palabras o por interpuesta persona, y ya los votantes no sabemos qué creer, porque si nos pusiéramos a creer todo lo que escuchamos o todo lo que leemos, o incluso todo lo que vemos, terminaríamos convencidos de que los candidatos presidenciales son una manada de hampones, unos con nexos paramilitares, otros con la guerrilla, y todos, pero todos, mega corruptos.
Qué asco que hayamos llegado a esto. Qué asco que nos estemos tirando el agua sucia unos con otros, en lugar de debatir con ideas, con propuestas, con decencia. Y temo decir que el que ha puesto el tono ha sido el mismo presidente. ¿Dónde quedó la majestad presidencial? Sus discursos incendiarios, sus acusaciones sin base, sus ataques al sistema democrático que lo eligió son el pan de cada día, y ese tono ramplón abrió las puertas para que los demás se comportaran así, y tristemente no es que el abanico de candidatos se caracterice por su elegancia.
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