
La semana pasada me visitó un senador de la República al que respeto. Se trata de uno de los congresistas con mayor credibilidad que hay. Hablamos sobre las elecciones. Me explicó que tal y como ve las cosas, si Iván Cepeda no gana en primera vuelta, la segunda será de trámite para él. Antes de irse me dijo que yo era un actor político, y que por esa razón me sugería anunciar públicamente a quién voy a apoyar en esta campaña presidencial. Su consejo me dejó pensativo.
Y me dejó pensativo porque no me considero un actor político: no pertenezco a ningún partido, y el hecho que haya sido alcalde no es mérito suficiente para ser considerado como tal. A mí me pasa algo muy curioso, y es que las personas suelen concederme más influencia de la que realmente tengo: creen que yo tengo la capacidad de poner alcalde en Cali y no tengo fuerza política; suponen que muchos empresarios del Valle me copian, pero me temo que eso no es tan así; y para rematar, en mi casa soy más bien como la oposición, el que lleva la contraria. Mejor dicho: en el Club Colombia me dicen comunista y en Aguablanca me tachan de oligarca.
Sin embargo, eso no quiere decir que no tenga una acción política, que es la de valorar al ser humano que trabaja duro para salir adelante. Llevo varios años promoviendo ese cambio en la sociedad, porque Colombia es un país rico, pero también tiene unas costumbres que hay que cambiar para dejar atrás tanta inequidad. Empezando por el respeto, que es la base fundamental de la valoración del ser humano. No se trata solamente de pagar bien; se trata de entender que todos merecemos un trato digno y posibilidades de progreso, porque las empresas no las impulsan las máquinas sino la gente.
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