
Digámoslo frontalmente: si en el tarjetón de las elecciones del 2026 estuviera Gustavo Petro, ganaría en la primera vuelta. En otra columna reciente decía que Petro era el mayor “monstruo” electoral de Colombia y que, independientemente de las malquerencias, había que reconocer lo evidente: la inmensa popularidad del primer mandatario. Las encuestas no mienten cuando hay una consistencia en sus datos: la favorabilidad de Petro está siempre por encima o alrededor del 40 por ciento. En La Silla Vacía hicieron un ejercicio interesante ponderando varios sondeos y encuestas. La conclusión es clara: a menos de dos meses de las elecciones, la aprobación del presidente ha repuntado hasta el 46 por ciento, prácticamente empatada con su desfavorabilidad del 47 por ciento. La tendencia viene al alza desde mediados de 2025.
¿Cuáles son las razones? Algunas parecen evidentes: los aumentos en el salario mínimo, no solo el 23,7 por ciento, sino el acumulado durante su Gobierno. Hay, a pesar del desastre que se avecina para la economía colombiana, un mayor gasto público y otros anuncios populares como la reducción del precio de la gasolina, que se ha reversado parcialmente por efectos de la guerra en Irán. Pero no es solo esto. Hay algo más que el presidente y su forma de comunicar y de conectar con la ciudadanía ha logrado. Consiste en un ecosistema de medios distintos a los llamados ‘tradicionales’ y que va más allá de RTVC, un órgano propagandístico del Gobierno y sus causas. Los seguidores del presidente entienden el país —y el mundo— con la óptica de los medios que repiten, sin crítica alguna, las narrativas del presidente.
Y esas críticas, incluyendo las preguntas que se hacen sobre el proceder del Gobierno, han desaparecido de su conversación. Se descartan como hace el presidente: solo son meras críticas malintencionadas y macabras que pretenden, con evidentes intereses ocultos y pagados por el gran capital, acabar al único Gobierno que sí ha representado al pueblo verdadero. No existe posibilidad de tener conversaciones democráticas y civilizadas con muchos de ellos. Se invoca la mala fe del otro, la opinión transaccional y la mentira como principio. El presidente que se presenta como uno de los firmantes del acuerdo de paz que fue la Constitución del 1991 ha terminado por usar el poder que tiene para dividirnos más que nunca. Esta semana me llamó, en un trino, “periodista de la oposición”, para alegría y furor de sus millones de seguidores. En el mismo largo mensaje dijo que yo le permitía el debate democrático, pero solo luego de la descalificación personal.
Al final, como pasa en tantos otros lugares del mundo, vivimos en una sociedad tribal que se encierra en sus propias cacofonías. Nos dominan el sectarismo, el odio y el rencor. Esto, claro, no comenzó con el petrismo, que antes de llegar al poder criticaba el sectarismo, el odio y el rencor de un uribismo empoderado que hablaba de “migrantes” y no de desplazados por la violencia y preguntaba si, acaso, estaban recogiendo café los muchachos ejecutados por el Ejército en complicidad con grupos paramilitares. Casi 25 años después parece que nos encontramos en el mismo lugar sentimental: un odio creciente entre nosotros, una incapacidad para la empatía.
Esta semana que pasó, el ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, exigía en una carta abierta al ELN conocer el paradero de los restos de su hermano ejecutado por esa guerrilla. Contaba que ese hermano, que pertenecía al grupo armado, había sido juzgado y luego ejecutado por ser, presuntamente, colaborador del Ejército. Era una carta dolorosa y sincera de una de tantos cientos de miles de víctimas de este país que lleva décadas masacrándose a sí mismo. Y, sin embargo, muchas de las respuestas al mensaje de Sanguino estaban llenas de malas intenciones, de burla, humillación y revictimización. No fuimos capaces, por simple humanidad, de reconocer el dolor en el otro. Vuelvo al principio para señalar que el presidente Petro, al igual que el expresidente Uribe en la cumbre de su popularidad, pasó cuatro años tomándose una revancha personal y alejándose de su principio retórico de un gobierno de amor.
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