
Durante años, las mujeres periodistas hemos contado el acoso sexual que sufren otras. Lo difícil no ha sido narrarlo, sino admitir, en voz alta, que también pasa en nuestras redacciones. Ese silencio —que hoy muchos condenan— ha sido una forma de sobrevivir. Por eso, romperlo importa.
El silencio no fue gratis: se alimentó del miedo. Miedo a ser señalada, apartada, estigmatizada, a que nadie te crea, a perder la carrera que apenas empieza o a ver cómo se derrumba la que tanto te costó construir. Miedo al poder.
El acoso, casi siempre, viene de hombres con poder, que lo usan como herramienta de intimidación. Lo entendí muy joven. Estaba en tercer semestre cuando conocí a un periodista que admiraba y que me propuso trabajar con él de manera informal, porque aún no podía hacer mis prácticas. Las llamadas a su oficina se volvieron frecuentes. Empezaron los comentarios sexuales. Hasta que un día me dijo que, si conseguía a una amiga para hacer un trío, me llevaría a una entrevista importante.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios
















