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Nicolás García
Puntos de vista

Sin fusiles, pero en guerra

Gustavo Petro abandonó las armas y el proyecto revolucionario hace décadas, en el proceso de paz más exitoso de la historia violenta de Colombia. Durante su campaña, sus contradictores lo acusaban de ser un guerrillero en tiempo presente, y es claro que ha sido durante más tiempo político (35 años aprox.) que guerrillero (13 años). Pero hay una pregunta incómoda —y actual— que vale la pena hacerse: ¿alguna vez dejó de ser guerrerista?

No se trata de armas ni de selva. Se trata de método. De cómo se ejerce el poder. Porque hay una diferencia fundamental entre dejar una organización armada y abandonar una lógica de confrontación permanente. Y en el caso de Petro, esa lógica no solo persiste: se ha convertido en forma de gobierno. Cada discurso se siente como arenga previa al combate. Cada acción se percibe como estrategia de ataque.

Su mandato no se ha definido por la construcción de consensos, sino por la producción constante de antagonismos. La oposición es señalada y calificada según cuántos términos despectivos permite la lengua; las instituciones son cuestionadas cuando no se alinean, y el desacuerdo se interpreta como obstrucción o traición, e incluso más cuando proviene de antiguos aliados. No es un hecho aislado. Es un patrón que se alimenta como munición con cada mensaje, con cada respuesta.

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