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Mauricio Rodríguez Múnera

No hay alternativa

Un cambio interesante en buena parte de la sociedad colombiana en las pasadas décadas es su politización. Es decir, la creciente discusión sobre asuntos políticos por parte de gente que antes poco o nada se involucraba en su análisis. Eso es conveniente para fortalecer la democracia, pero para que conduzca a buenas decisiones debe basarse en razones, no en emociones. 

Esas razones que deben sustentar los argumentos a favor o en contra de las diversas posiciones políticas, solo se pueden hallar si se escucha con mente abierta, si se estudian (al menos un poco, no hay que ser experto) las diferentes ideas, si se aprenden lecciones de los errores y los aciertos del pasado. Sin embargo, eso lamentablemente no es lo que está sucediendo en nuestro país. Las emociones y las distorsiones están dominando el debate: el resentimiento, la desconfianza, el odio y el miedo se están sumando a las manipulaciones, mentiras y calumnias de todos lados. Por ello, la polarización actual está en su punto más alto en la historia reciente. Es tan grave, que lo que en la práctica está aconteciendo es una muy nociva y creciente fragmentación social. Eso dificultará y demorará el logro de acuerdos mínimos (y su ejecución) sobre temas claves y urgentes —como la terrible inseguridad, la crisis de salud, el indispensable saneamiento de las finanzas públicas, la lucha contra la corrupción, la implementación del Acuerdo de Paz, y la transición energética.

El próximo presidente, sea quien sea el ganador en las elecciones, tendrá dos opciones: gobernar con y para quienes lo eligieron, o construir unos consensos mínimos para enfrentar los complejos y amenazantes desafíos descritos. Hacer lo primero sería catastrófico para todos los colombianos; hacer lo segundo será muy difícil pero no imposible, y es fundamental para poder tocar fondo e iniciar la recuperación económica, social y política. 

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