
Despedida a un amigo
Por: Juan Manuel Galán.
Por: Redacción Cambio
A Alfonso Gómez Lugo lo conocí tardíamente, era el día en que él y su familia sepultaban a su abuela paterna. Aterricé en Chaparral y fue la primera persona que vi. Me saludó efusivo. Tenía Alfonso un don, un talento natural para conectarse emocionalmente con la gente de manera instantánea. Su tono de voz, su risa, su sentido del humor, su disposición permanente, generosa de siempre atender, ayudar a los demás, apoyar y resolver los problemas ajenos como propios.
Caminando del avión al pequeño terminal, me contó la historia de cómo su papá y el mío tenían el plan de que fuéramos amigos porque vivíamos en las mismas circunstancias. Adolescentes encerrados, al acecho permanente de los narcotraficantes, sus aliados paramilitares, políticos y miembros de los organismos de seguridad del Estado. Ni mi papá (solitaria voz política contra las mafias), ni Alfonso Gómez Méndez Procurador, eran conscientes de la dimensión del complot criminal que enfrentaban.
A mi papá lo asesinaron en las puertas de la presidencia de la República, el suyo se salvó en varias oportunidades, incluida una que el doctor Gómez Méndez jamás olvida. Cuando era Embajador en Austria, el narcotráfico envió un grupo de sicarios para asesinarlo. Uno de ellos en Holanda, decidió confesarle el plan a mi tío Alberto Villamizar, Embajador en ese país. Alberto llamó y puso en alerta a Gómez Méndez, quien en piyama abordó un tren que lo llevaría de Viena a La Haya.
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