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Poder

El poderoso dedo de César Gaviria

César Gaviria, presidente del partido liberal

César Gaviria, despreciado por la Coalición Centro Esperanza, podría acabar siendo la última y necesaria pieza para la victoria de cualquiera. No le alcanzó para tener candidato propio pero, como van las cosas, es posible que sea la fuerza decisiva en la elección presidencial.

Por: Federico Gómez Lara

Durante el siglo XX ser elegido candidato oficial del Partido Liberal a la presidencia significaba estar a un paso del Palacio de Nariño. Pero mucha agua ha corrido bajo el puente desde aquellos tiempos. Atrás quedaron los días en los que figuras de la talla de Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras, Carlos Lleras, Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay o Luis Carlos Galán arrastraban la mayoría electoral. Hoy el partido del trapo rojo, o lo que queda de él, es más bien una fuerza sin una ideología política que le apuesta, ya no a la presidencia, sino a elegir el mayor número de parlamentarios posible, a como dé lugar, para conformar una bancada imprescindible en el esquema de gobernabilidad del presidente de turno. Ese modelo, cuando menos, garantiza la supervivencia de la marca, un alto grado de incidencia sobre el Gobierno y una tajada burocrática a veces gruesa y a veces delgada.

El liberalismo actual es tan exótico que raya en la comedia: a precios de hoy, no se sabe quién será el candidato de César Gaviria, pero sí se sabe que podría ser cualquiera. El espectro de posibilidades, por insólito que suene, va desde Óscar Iván Zuluaga hasta Gustavo Petro. Ahí en la mitad quedan Alejandro Gaviria, Fico Gutiérrez, Rodolfo Hernández, Álex Char y el conservador David Barguil, hasta hace poco yerno del expresidente. Todos ellos, dependiendo de cuál sea la foto final de las consultas, tienen las mismas probabilidades de quedarse con el versátil comodín liberal que llegaría, mal contados, con unos 2 millones de votos debajo del brazo.

El jefe del liberalismo, tal vez el político más pragmático de la cancha, está jugando sus fichas con notoria habilidad. Gaviria tiene claro que su fuerza electoral no reposa en la coherencia política o el voto de opinión. Lo que digan de él parece tenerle sin cuidado. Poco le importa ser señalado de politiquero, clientelista, oportunista o manzanillo. Su prioridad es una sola: apoyar, en el minuto 90, o en el minuto adecuado, al candidato presidencial que vaya adelante en las encuestas o convertirse en el fiel de la balanza inclinándola a favor de uno de ellos si la apuesta empieza a verse empatada. Así, el nuevo presidente quedará en deuda con el otrora gran Partido Liberal.

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